Zapatismo, Estado, y emancipación en América Latina. Un debate necesario. Notas desde México.

El texto «El zapatismo de derecha y la lucha por el Estado en América Latina» aparecido a inicios de abril de 2026 en el Facebook: Crítica de la Economía Política-Bolivia toca problemas reales y urgentes para la izquierda latinoamericana. Lo hace, sin embargo, con una serie de simplificaciones políticas, teóricas e históricas que, lejos de clarificar el debate, lo oscurecen. Lo que sigue no busca hablar a nombre de ninguna corriente académico-política  en particular, ni mucho menos a nombre del EZLN y los pueblos zapatistas, ellos tienen ya desde hace mucho tiempo su propia voz, una teoría y una práctica propia. Buscamos solamente contribuir a un debate que pensamos las clases trabajadoras y el campo popular necesitamos dar con rigor y sin descalificaciones. 

I. Sobre el método: cómo no caracterizar un proceso político

El texto construye su crítica al EZLN a partir de las declaraciones del capitán insurgente Marcos en el  “Semillero: la Tormenta dentro y fuera según las comunidades y pueblos zapatistas”, realizado en abril de 2026. Ese punto de partida es insuficiente para quien se reclama marxista.

Caracterizar políticamente un movimiento a partir de intervenciones aisladas no es análisis, si acaso es una caricatura. Una crítica seria requeriría examinar, antes que postulados de diversos intelectuales ajenos al EZLN, la producción teórica del zapatismo y, sobre todo, su práctica política concreta en el marco del desarrollo histórico del capitalismo en la formación social mexicana, al menos. Este principio no es un formalismo metodológico más: es la condición mínima para que la crítica nos sea útil para la lucha. 

Si se quiere ubicar al zapatismo en la geografía política latinoamericana, incluso en la derecha como el texto en cuestión hace, habría al menos que responder preguntas como: ¿qué relaciones sociales ha transformado en los territorios donde opera? ¿Qué formas de poder popular ha construido? ¿Cuáles han sido sus intentos de articulación nacional?, etc. Sin este trabajo previo, la clasificación política queda en el aire.

II. La experiencia zapatista: algo más que una “ética de la autonomía “ y «micro-resistencias” 

El texto califica tres décadas de práctica zapatista como «micro-resistencias» reducidas a una «ética de la autonomía». Esta caracterización no resiste el contraste con lo que realmente ha sido el zapatismo. 

La experiencia zapatista en Chiapas ha desarrollado formas concretas y materiales de organización social alternativa: control territorial y de los medios de producción, sistemas productivos cooperativos que disputan la lógica de la explotación capitalista, servicios de salud y educación autogestionados, mecanismos de autogobierno que expresan poder popular, etc. Eso no es sólo ni principalmente una postura ética o resistencia simbólica, es sobre todo una práctica que entra en contradicción material con las relaciones sociales capitalistas dominantes a lo largo y ancho del planeta. Reducir la práctica zapatista a «micro-resistencias» es aplicarle al zapatismo exactamente el mismo rasero simplificador que el texto le reprocha a Marcos cuando habla del Estado.

Por otro lado, afirmar que el EZLN renunció a toda articulación política de carácter nacional para quedarse en lo micro es históricamente inexacto. Sólo por mencionar dos ejemplos, la Sexta Declaración de la Selva Lacandona, en 2005, convocó a construir una fuerza política nacional desde abajo y a la izquierda, articulada con organizaciones políticas y sociales, comunidades indígenas y trabajadorxs de todo el país. En 2017 el EZLN, junto con el Congreso Nacional Indígena, impulsó el Concejo Indígena de Gobierno y la candidatura de Marichuy para las elecciones de 2018, con el propósito explícito de construir una representación política nacional independiente de las clases dominantes y explotadoras.

Estos intentos no cuajaron, cierto, pero la razón de ese límite no puede buscarse únicamente en las definiciones estratégicas del EZLN. Criticar estos intentos con honestidad exige una autocrítica al conjunto de las clases trabajadoras y populares de México, y en especial a la izquierda organizada, que no hemos sido capaces de superar nuestra condición subalterna ni de construir una voz política propia, independiente tanto de las clases explotadoras, como del Estado y  las estructuras electorales que hace tiempo dejaron de expresar los intereses de lxs trabajadorxs. En ese marco más amplio, la represión estatal sistemática contra organizaciones sociales y luchas populares, y la cooptación de amplios sectores de la izquierda por proyectos que subordinaron la transformación social a la mera gestión institucional, son factores que no pueden omitirse. Una crítica particular al papel del EZLN, sus tácticas y métodos de lucha dentro de la izquierda mexicana sólo tiene sentido honesto inscrita en esa autocrítica colectiva. No podemos pedirle al zapatismo que haga por las clases trabajadoras lo que nosotros no hemos podido hacer. 

Hay además un elemento que el texto en cuestión ignora completamente y que es indispensable para comprender tanto al zapatismo como a cualquier estrategia emancipatoria en México: el colonialismo interno. Las comunidades indígenas organizadas no están eligiendo simplemente entre «tomar el Estado» o «hacer micro-resistencias». Están enfrentando una forma específica y persistente de dominación: el despojo territorial, el extractivismo, el indigenismo folclorizante como política de subordinación que el Estado mexicano ha reproducido independientemente de los colores partidarios en el gobierno. Ignorar el colonialismo interno no es sólo un error teórico: es reproducir en el análisis la misma lógica que se pretende criticar. Una estrategia emancipatoria consecuente en México debe incorporar el combate al colonialismo interno como uno de sus ejes centrales no como tema secundario.

Señalar los límites de escala de la experiencia zapatista es legítimo y necesario. Pero es una discusión estratégica distinta a descalificar su contenido político. Hoy las clases trabajadoras y populares en México tenemos en el EZLN, antes que un sujeto al cual descalificar, un espejo del cual aprender, sin imitaciones mecánicas pero sí con creatividad heroica (Mariátegui dixit). 

III. El Estado y el criterio de clase que el texto no aplica

El texto tiene razón en un punto fundamental: hoy una pregunta central frente al Estado no es si existe o no, sino qué clase social lo controla y a qué intereses sirve. Ese criterio es correcto, el problema es que el texto lo enuncia y luego no lo aplica.

Al argumentar que los Estados nacionales pueden servir a la liberación popular, agrupa en una misma categoría procesos fundamentalmente distintos: la Revolución Cubana, la Revolución Boliviana de 1952, la expropiación petrolera en México en 1938,  el gobierno de AMLO, etc. Tratarlos como simples variaciones del mismo fenómeno es cambiar el criterio de clase y del análisis concreto de la realidad concreta por valoraciones discursivas. 

Para el caso mexicano, no puede comprenderse el Cardenismo sin partir del resultado real de la etapa armada de la Revolución: la derrota de las representaciones de las clases populares, los ejércitos de Villa y Zapata, y el triunfo de un sector de la burguesía que construyó un Estado capaz de realizar reformas importantes, entre ellas la expropiación petrolera, pero también de corporativizar al movimiento obrero y campesino, enajenándolo (Revueltas dixit) y subordinándolo a un proyecto que no cuestionó las bases de la explotación capitalista, sino que antes bien facilitó su desarrollo. Al menos para México la soberanía frente al capital extranjero y la subordinación de las clases trabajadoras al proyecto burgués no son contradictorias: coexistieron orgánicamente en el Estado posrevolucionario mexicano.

La Revolución Cubana es un proceso cualitativamente distinto. Ahí el bloque popular no solo conquistó el Estado, tras derrotar política y militarmente a las fuerzas burguesas, sino que construyó una dirección política propia, capaz de expresar los intereses de las clases trabajadoras no de manera subordinada a un proyecto nacional ajeno, sino como proyecto propio que avanzó hacia la superación de las relaciones capitalistas de producción en el marco del intento de construcción socialista internacional con la extinta URSS a la cabeza. Equiparar a Cuba con el Cardenismo o con AMLO no es un desliz sin importancia, antes bien borra la distinción más importante que se debería hacer en el análisis político, aún más si este se reclama marxista: definir el carácter de clase del Estado. 

Aquí aparece un problema que el texto menciona de pasada pero no desarrolla: la articulación entre liberación nacional y emancipación social. Mariátegui, a quien también mencionan los autores, ya afirmaba que en América Latina la cuestión nacional y la cuestión social no se resuelven automáticamente la una a la otra. Un proyecto nacional dirigido por un sector burgués, aunque se apoye en movilización popular, tiende a resolver la contradicción con el imperialismo sin resolver la contradicción de clase interna. La liberación nacional es condición necesaria pero no suficiente de la emancipación social. Lo que determina si un proceso avanza hacia la emancipación o se detiene en la administración soberana de la explotación es quiénes conduce el bloque histórico, con qué fuerza y organización independiente cuentan las clases trabajadoras, y si el proceso avanza hacia la superación de su condición subalterna o bien hacia su integración subordinada.

Sin esta distinción, la historia latinoamericana no puede iluminar nada. Y con ella, la lista de ejemplos del texto se vuelve más un problema a resolver y no la demostración de ningún argumento. 

IV. Un asunto clave y olvidado: ¿Qué tipo de Estado necesitamos para avanzar hacia la emancipación social?

El texto insiste en que hay que conquistar el Estado pero olvida preguntarse qué tipo de Estado requiere una estrategia de emancipación social. Esto no es menor, es precisamente la pregunta central que Lenin desarrolló en El Estado y la revolución, el mismo texto que los autores citan como referencia.

Marx y Engels fueron claros al respecto y Lenin insistió en ello: el Estado burgués no puede simplemente conquistarse y usarse como si fuera una herramienta neutral, por el contrario debe destruirse y sobre sus ruinas construirse uno de otro tipo, uno que vaya dejando de ser tal Estado. 

La forma estatal que Lenin identifica como tránsito hacia la emancipación, apoyándose en la experiencia de la Comuna de París, no es simplemente un Estado con mejores políticas o con un gobierno más popular, ni la fórmula ya criticada por Marx del Estado popular libre, es antes bien una forma estatal que va destruyendo progresivamente su propio carácter de órgano de dominación de clase, el Estado-Comuna: mandatos revocables y sujetos a control popular, eliminación de privilegios burocráticos, sustitución del ejército permanente por la organización armada del pueblo, transferencia real de funciones administrativas a organizaciones de las clases trabajadoras, etc. En definitiva el proceso de construcción de poder popular. 

La pregunta relevante entonces no es solo si hay que conquistar el Estado o no, sino qué Estado construir, con qué clase social en la dirección, y mediante qué formas organizativas que garanticen que ese Estado vaya dejando de ser un organismo de dominación. Esa pregunta el texto no la hace, y su ausencia explica por qué termina celebrando procesos que, con toda su importancia, no pusieron en cuestión las bases del poder de clase.

V. Los gobiernos progresistas y los límites concretos de la soberanía

El texto sostiene que experiencias como las de Chávez, Evo Morales, Kirchner y AMLO demuestran que los Estados nacionales pueden conquistarse y ponerse al servicio del pueblo. Esta afirmación carece de concreción histórica, ubicar a AMLO y los Kirchner al lado de lo que representaron Evo o Chávez es una generalización de poco rigor analítico y un error político. 

En la mayoría de los gobiernos progresistas la retórica soberanista coexistió con la continuidad de la subordinación estructural al capital transnacional. En México, el gobierno de AMLO mantuvo y defendió el TMEC, sostuvo un modelo económico centrado en el extractivismo y la exportación; incluso hoy cuando el llamado «Plan México» propone elementos de reindustrialización, lo hace bajo el paraguas de la inversión extranjera y el extractivismo, sin cuestionar las bases de la subordinación internacional. En Bolivia, el proceso dirigido por Evo Morales, con avances redistributivos reales, una retórica antiimperialista genuina, y con fuerzas sociales mucho más organizadas y fuertes que en México, no transformó la estructura exportadora de materias primas que define la inserción del país en el mercado mundial.

Desde luego señalar los límites de los progresismos no equivale a negar los avances concretos de estos procesos ni a equipararlos con la derecha. Significa que no pueden usarse como demostración simple de que la conquista del Estado produce soberanía popular efectiva, sin hacerse cargo de sus contradicciones reales. Y significa también preguntarse por qué ocurrió así, pregunta cuya respuesta remite a lo ya dicho anteriormente: a la ausencia de una fuerza social organizada e independiente de las clases trabajadoras capaz de sostener y profundizar esos procesos desde abajo. Por lo demás estamos seguros que en los pueblos se acumulan fuerzas y potencias que pronto pondrán sobre la mesa, de nuevo, la lucha por su emancipación. 

VI. El capitalismo contemporáneo y los límites estructurales de la soberanía estatal

Hay una operación que el texto realiza sin justificarla: toma ejemplos históricos de soberanía estatal, Cuba 1959, Bolivia 1952, México 1938, y los proyecta al presente como si las condiciones estructurales del capitalismo fueran las mismas cuando no lo son.

El capitalismo contemporáneo opera con mecanismos de dominación cualitativamente distintos a los de mediados del siglo XX: cadenas de valor globales que fragmentan la producción y dificultan su nacionalización, mercados financieros que sancionan en tiempo real las decisiones soberanas de los gobiernos periféricos, regímenes de arbitraje internacional que subordinan la legislación nacional a los intereses del capital transnacional, dependencias tecnológicas y financieras que limitan estructuralmente la autonomía productiva y la soberanía alimentaria, etc. Esto no significa que la soberanía sea imposible, pero sí que sus condiciones de posibilidad son distintas y más complejas.

Incluso Cuba, el ejemplo más acabado de Estado soberano que el texto ofrece, enfrenta hoy límites que no son sólo producto del bloqueo gringo sino de su inserción en un mercado mundial capitalista cuyas reglas ningún Estado periférico define unilateralmente. Eso no invalida la experiencia cubana, pero sí impide usarla como demostración de que la soberanía estatal en la periferia capitalista es hoy alcanzable en las mismas condiciones que en 1959.

Tomarse en serio esta realidad no es, como afirma el texto, “repetir la lección que el imperialismo quiere que los pueblos aprendan”, por el contrario es cumplir con la tarea que la lucha impone: examinar las condiciones concretas del capitalismo realmente existente, no las del capitalismo de hace setenta años. Análisis concreto de la situación concreta (Lenin de nuevo). 

VII. Soberanía popular e internacionalismo: dentro y fuera del Estado 

Nada de lo anterior implica renunciar a la disputa del Estado ni declararlo irrelevante. Significa entender que en las condiciones del capitalismo contemporáneo, es decir, del imperialismo, la conquista del Estado no puede ser el eje organizador suficiente de ninguna estrategia emancipatoria.

Reconocer los límites estructurales del Estado-nación no supone renunciar a la defensa de la soberanía popular, sino por el contrario invita a plantearse con seriedad cómo debe articularse esa defensa. Y aquí la evidencia de los propios gobiernos progresistas que el texto celebra es clara: la retórica soberanista sin organización popular independiente que la sostenga tiende a resolverse como mera gestión progresista de la articulación subordinada a los centros imperialistas. 

Para el caso de México hoy esto tiene una concreción específica. El aparato estatal, aún en la llamada 4T, sigue siendo un terreno minado para las clases populares: la corporativización sindical, la criminalización y estigmatización de luchas independientes, y la cooptación de organizaciones sociales no son herencias del pasado que el actual gobierno haya revertido, son procesos que continúan. En estas condiciones, la organización popular independiente por fuera del aparato estatal no es una opción secundaria: es tanto o más urgente que la disputa dentro de él. No porque el Estado sea irrelevante, sino porque sin una fuerza social organizada e independiente de las clases trabajadoras, cualquier conquista estatal enfrenta el riesgo permanente de la cooptación y la desarticulación. La disputa y transformación del Estado será posible y con menores riesgos en la medida en que exista esa fuerza construida desde abajo.

La soberanía popular en este período histórico exige entonces tres cosas simultáneamente: a) la disputa por el Estado en los marcos estatales mismos, con el criterio de clase que el propio texto reivindica pero no aplica; b) la construcción de poder popular independiente desde afuera del Estado; y c) la articulación internacionalista contra el imperialismo como sistema, porque la soberanía nacional en el capitalismo contemporáneo no se defiende solamente dentro de los marcos del Estado-nación sino en la capacidad de los pueblos de articularse más allá de sus fronteras y más allá de las disputas interestatales e interimperialistas. Para el caso mexicano y seguramente para otros territorios, a estas tres exigencias habría que añadir una más, d) la lucha ya mencionada antes contra el colonialismo interno. 

El texto afirma que sin liberación nacional no hay internacionalismo posible, esto es fundamentalmente cierto. Pero la afirmación inversa también: sin internacionalismo activo, la liberación nacional en la periferia capitalista enfrenta límites que ningún Estado periférico puede superar por sí solo. Y en esto de nuevo la actualidad de Marx, Engels y Lenin, quienes afirmaban que la revolución social deberá ser nacional por su forma, pero internacional por su contenido. 

VIII. Una nota sobre el argumento del financiamiento imperialista

El texto sugiere que el imperialismo financia directamente a intelectuales y organizaciones que promueven la autonomía más allá del Estado, con el propósito de debilitar la resistencia organizada en la periferia. En casos concretos y verificables, ese señalamiento puede ser pertinente. El problema aparece cuando se usa de manera indiscriminada, deja de ser análisis para convertirse en una burda generalización. Así toda posición que señale los límites del Estado queda estigmatizada de antemano, lo que hace imposible la discusión. En el caso mexicano esta operación ideológica ha sido usada para señalar, criminalizar e incluso reprimir movimientos sociales legítimos, desde ataques contra organismos de derechos humanos con décadas de caminar al lado de las luchas populares, hasta resistencias de los pueblos originarios ante el despojo y la violencia. 

IX. Conclusión

El debate sobre el Estado, la soberanía y la estrategia emancipatoria en América Latina es uno de los más importantes y urgentes para los intereses populares. El texto que motiva estas notas tiene el mérito de plantearlo de frente y de señalar problemas reales que no pueden ignorarse. Su utilidad para ese debate sería mayor si aplicara a sus propios argumentos el mismo rigor que le exige al adversario: distinguiendo procesos históricos que no son equivalentes, examinando las condiciones concretas del capitalismo hoy, incorporando la pregunta por el tipo de Estado que requiere la emancipación, y evitando convertir en certezas estratégicas lo que son hipótesis que la historia está lejos de haber confirmado de manera simple. 

La tarea no es elegir entre el Estado y la autonomía, entre la soberanía nacional y el internacionalismo, entre la disputa institucional y la construcción de poder desde abajo. Es lograr articular esas dimensiones en las condiciones concretas de cada formación social y del capitalismo imperialista como sistema. Para eso necesitamos tanto herramientas teóricas afiladas como una práctica consecuente, no sólo consignas simples. Esperamos que estas notas aporten a este necesario debate.

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