Estado y Mercado. De derechas y progresismos

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I

Milei, presidente de Argentina, ha dicho que quiere acabar con el Estado, dice ser anarquista, libertario, y afirma combatir a la “casta política”. Ya desde el gobierno no sólo se ha aliado con sectores de todo el espectro de “la casta”, también ha implementado un plan de shock neoliberal atacando derechos sociales y servicios públicos, reprimiendo las protestas populares, criminalizando a las mujeres que luchan y a la diversidad sexogénerica, lavándole la cara a la dictadura terrorista de los años setenta y mintiendo a diestra y siniestra para acomodar la historia según sus intereses. Ha desatado un ataque directo a las clases trabajadoras en el país sudamericano. 

El presidente argentino es uno de los rostros más visibles de esa tendencia política que dice combatir al Estado y defender el más puro individualismo. Grita a los cuatro vientos que todo debe ser mercancía:  la salud, la educación, los hijos, todo. Si no tienes para comprar no compras, si no compras no vives. Presenta en tiktok y nuevas plataformas el ya rancio discurso neoliberal que habla de libertad de mercado, privatizaciones, individualismo, el sabido y viejísimo “rasquese quien pueda”, el bárbaro “todos contra todos” vendido como el último grito de la moda civilizatoria. Ha podido llegar a las mentes y corazones de amplios sectores de la clase trabajadora argentina porque esta última ha sido mermada en sus capacidades organizativas y defraudada por los gobiernos del kichnerismo, del progresismo. 

La tendencia representada por el presidente argentino (anarcocapitalismo le dicen algunos) se posiciona del lado del mercado absoluto, al menos hasta que su proyecto le reclama acciones estatales: aprobar leyes para combatir a los sindicatos, privatizar empresas y servicios públicos, despedir a miles de empleados, disminuir el presupuesto a los derechos sociales, asegurar los sacrosantos equilibrios macroeconómicos así sea a costa del bolsillo de los trabajadores, fortalecer el aparato represivo, etc. La historia de siempre, esta posición dice no querer al Estado pero realmente quiere un Estado al servicio absoluto de los grandes patrones, de los grandes capitales. Esta tendencia es el rostro irracional del capital, lleva a las mayorías al abismo mientras busca salvar a los ultramillonarios. 

En México o Brasil, por mencionar dos ejemplos, gobiernan posiciones que se pretenden situar en las antípodas, al lado opuesto de lo que representa Milei. El llamado progresismo plantea su proyecto bajo la consigna de que más Estado es mejor, grita a los cuatro vientos que el Estado debe y puede asegurar derechos y brindar servicios públicos con mayor eficacia que el mercado. Presenta como nuevo el viejo discurso del desarrollismo, dice asumir la viejísima tesis del Estado como representación de la unidad política de la nación supuestamente por encima del conflicto entre clases sociales. Ha llegado a las mentes y corazones de amplios sectores de las clases trabajadoras porque estas últimas fueron sometidas a las políticas de shock empobrecedoras del neoliberalismo y ven en el nuevo desarrollismo estatal (aunque sea más extractivismo que otra cosa) una salida ante la miseria. 

El progresismo  llega a descubrir su impotencia política cuando termina por edificar y sostener sus gobiernos no en el “Estado” en abstracto, mucho menos en el pueblo organizado sino en la aprobación, más o menos gustosa, de los mercados y grandes capitales. 

Esta tendencia, en sus formas más diluídas, rosas, como las que ejemplifican la 4T en México y el actual mandato de Lula en Brasil, asumen el marco ideológico y legislativo del neoliberalismo, por ello sus reformas sociales no alcanzan procesos constituyentes y se limitan fundamentalmente a la redistribución de recursos, no plantean transformaciones de las estructuras productivas, fomentan el extractivismo y la manufactura de siempre. A nivel político no transforman al Estado burgués, mucho menos construyen poder popular, por el contrario apuestan todo al Estado tal cual lo conciben, es decir, como una herramienta para, en el mejor de los casos gestionar el mercado, y en el peor para únicamente paliar las llamadas “externalidades negativas” que este último genera, todo mientras construyen la infraestructura necesaria para que los negocios de los grandes capitales sigan su curso.  Esta tendencia intenta dotar de racionalidad al capital, su impotencia y límites son el propio capitalismo y su incesante sed de ganancias. Su anunciado fracaso también nos lleva al abismo

Por un lado estos progresismos descafeinados intentan “separar el poder político del poder económico”, así sea para entablar una idílica relación donde “todos ganamos”, por el otro, esta derecha ultra promercado busca que todo, absolutamente todo, sea poder económico. Ambas posiciones argumentan lo imposible. El poder económico y el poder político son, bajo el capitalismo, dos dimensiones de un mismo proceso, el proceso de reproducción y acumulación de capital. 

La derecha neo-neoliberal, libertaria o como se diga, así como los progresismos rosas, basan su discurso político en una falsa oposición y disyuntiva “Estado – Mercado”, aunque su práctica política termina por requerir ambos elementos en detrimento de los pueblos. 

II

El planteamiento que opone “Estado – Mercado”, útil hasta cierto punto, corre el riesgo de distorsionar la realidad y presentar como opuestos dos aspectos que de hecho se desarrollan en unidad

Históricamente el Estado ha producido mercados ahí donde no los había, sea el mercado de tierras, animales, personas, cosas o emociones. Ha permitido a las clases dominantes la acumulación de riqueza, ha facilitado el despojo  y la apropiación de bienes comunes mediante leyes a modo y el uso de la violencia. También ha asegurado la visión del mundo de esas mismas clases mediante la producción y difusión de ideologías hechas a la medida. El Estado, una vez constituido, ha servido a la reproducción del orden social que le dio origen, es decir a la reproducción de la sociedad de clases. 

Por otro lado, históricamente  el mercado ha producido al Estado. Mercaderes,  esclavistas, comerciantes, banqueros, etc. los distintos modos que han adquirido las clases explotadoras han promovido y fortalecido el aparato estatal, financiando la guerra o la paz han asegurado su mando. Mediante el Estado estás clases explotadoras logran ponerse de acuerdo para imponer sus intereses colectivos sobre el resto de las clases dominadas y explotadas. 

Desde luego Estado y Mercado no nacen con el capitalismo, pero el capital ha logrado pleno dominio sobre ambos, dándoles su contenido y forma contemporánea. Hoy Estado y Mercado sirven en lo fundamental a la acumulación capitalista, es decir, a unos cuantos grandes patrones. 

Bajo el capital el mercado se generaliza, se extiende y profundiza, todo puede ser mercancía, la salud, la educación, el agua, la tierra, la capacidad de trabajo, las ideas, todo, incluso lo aún no producido. En el mercado capitalista no circulan simples productos de consumo, circulan mercancías que prometen ganancias y sobre todo circula capital bajo diversas formas. 

El mercado capitalista no sólo es el simple intercambio de productos y servicios, es también la organización de toda la sociedad, con su división del trabajo, puesta al servicio de la producción y circulación de mercancías, y sobre todo al servicio de la reproducción ampliada de capital. Es la mediación social por excelencia, es la organización del trabajo de todos como si fuera trabajo meramente individual ocultando así la cooperación realmente existente por debajo de los flujos comerciales. Es la mediación fetichista que presenta a las mercancías con vida propia, mientras condena a lxs trabajadorxs que las producen a la miseria. 

Mediante el mercado capitalista se oculta la explotación y el despojo. Las mercancías que compramos pueden incluir etiquetas con información sobre su contenido pero pocas veces o ninguna esa información incluye la cantidad de trabajo no pagado que contienen, la tasa de explotación, las posibilidades de ganancia que prometen a sus dueños o la destrucción ambiental que las hicieron posibles. 

El mercado capitalista coordina las fuerzas sociales pero lo hace sólo guiado por las necesidades de ganancias siempre crecientes para una ínfima minoría de ultramillonarios, se trata principalmente de una coordinación del y para el capital, y sólo de manera secundaria y deformada una coordinación de las necesidades humanas. 

III

Por otro lado, bajo el capital, el Estado se convierte en una herramienta al servicio de la burguesía tanto como en un campo estratégico donde confluyen distintas fuerzas sociales.

Como Máquina de guerra  del capital contra el trabajo (Marx dixit) el Estado es el espacio donde los grandes patrones logran ponerse de acuerdo, de maneras más o menos consensuadas, más o menos cohercitivas, para la imposición de su proyecto de sociedad, es la junta de administración de los negocios comunes de la clase explotadora. 

Es el Estado el centro del poder político, es decir, el núcleo del poder que ejerce la clase dominante contra el resto de las clases dominadas, gracias al cual logra que el conjunto de las fuerzas sociales obedezca a sus intereses particulares. 

A través del Estado unos pocos logran que las grandes mayorías trabajemos, actuemos y pensemos según los intereses de esa minoría, es decir, logran que imaginemos una comunidad en torno a su proyecto de vida aun cuando detrás sólo están sus intereses particulares.

Como mediación social enajenante el Estado burgués convierte los asuntos públicos en asuntos de una clase dominante, la burguesía, y para ello promueve los consensos activos y pasivos del conjunto de la sociedad. El Estado burgués afirma que sólo a través de él la sociedad puede representarse a sí misma, cuando de hecho no representa más que a los grandes patrones. 

Pero al mismo tiempo, al tener que presentar los intereses de una clase minoritaria como si fueran los intereses del conjunto social, el Estado, en su forma burguesa más extendida, como democracia representativa, ha debido permitirse abrir campos de conflicto donde sectores de las clases dominadas logran cada tanto ganar posiciones. En este sentido también es un terreno de lucha, pero no cualquier terreno de lucha, sino uno situado en el campo minado de la burguesía. Ahí las clases explotadoras saben moverse mejor, tienen a su servicio sin fin de representantes y gerentes, ahí las reglas del conflicto han sido decididas por las clases dominantes, por ello no es el mejor lugar para la acumulación de fuerzas de las clases dominadas, pero sí un buen sitio para la cooptación y anulamiento de la resistencia. 

Vale la pena tener esto siempre presente para no caer ante los cantos de sirena contemporáneos que pretenden hacernos creer que sólo dentro del Estado se despliega la lucha política, del mismo modo, pero en sentido contrario, habrá que tener presente que la lucha por la emancipación deberá llegar necesariamente a la confrontación en los marcos estatales, la historia está ahí para alumbrar esta sencilla y a veces olvidada lección. 

IV

Si el progresismo rosa y la derecha neo-neoliberal mantienen al Estado y al Mercado como procesos de dominación y explotación, como procesos del capital, en los que la mediación social se concreta como enajenación, como fetichismo, ¿cuál sería la perspectiva desde la lucha por la emancipación? Comenzando por el final habría que dejar claro el objetivo: superar al Estado burgués y al Mercado capitalista, construir otros procesos de mediación social que no sean procesos de enajenación social, que permitan resolver los asuntos de todos entre todos, que abran paso a las necesidades del conjunto social. Sí hay alternativa, construir poder popular y una economía socializada, de todxs y para todxs. Abrir camino al futuro y no al abismo, para ello hay que estudiar, organizarnos para luchar, luchar y luchar, no hay más

Continuará….

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