No hay modo de negar la realidad, el capitalismo es un modo de producción y reproducción de la vida que atenta contra la vida misma. Mientras logra que el esfuerzo combinado de millones de personas alrededor del mundo generen inmensas riquezas, también provoca que estas terminen en el bolsillo de unos pocos ultramillonarios; mientras avanza a pasos de gigante en el conocimiento científico y tecnológico, condena a las mayorías del mundo a la pobreza y la marginación profundizando como nunca antes la desigualdad; mientras habla de democracia, libertad e igualdad, profundiza los conflictos, la violencia y las guerras. Basta mirar al último fenómeno natural devenido desastre humanitario, para observar cómo el capital ha roto el metabolismo social-natural sobre el que la humanidad ha construido su camino.
Sin embargo, el sistema capitalista no es el único posible. Sí hay alternativas y nacen de la organización y las luchas de los pueblos.
En el presente boletín queremos aportar al conocimiento del proyecto socialista-comunista, alternativa sistémica al capitalismo. Existe un sin fin de mentiras y medias verdades sobre lo que ha sido el proyecto socialista, desde los señalamientos que acusan en él sólo una utopía bien intencionada, hasta quienes igualándolo con el nazismo niegan sus potencialidades para avanzar hacia una mejor sociedad para todos. Ambos extremos terminan sin entender la complejidad del proceso, las tensiones y contradicciones internas, los avances y retos que existen para la construcción de una sociedad de todxs y para todxs.
En las fuentes y referencias de este boletín ofrecemos un primer acercamiento a la dimensión histórica de lo que fue el proceso de construcción socialista durante el siglo XX, en especial en Europa del Este y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). No proponemos una lectura desde el interés anticuario o erudito, mucho menos desde la apología del pensamiento dogmático y holgazán, o el juicio crítico y vacío propio de una pretendida superioridad moral; antes bien buscamos la comprensión para construir mejores condiciones para la lucha de los pueblos, herramientas útiles para los retos contemporáneos, armas para hacer futuro.
Desde esta perspectiva, la experiencia soviética ofrece luces sobre temas como:
- La planificación social de la producción tanto en su dimensión técnica como política. El papel de las herramientas de gestión y la burocracia.
- El problema de la superación de las relaciones monetario-mercantiles, las tensiones abiertas por el mercado y el dinero en la construcción socialista.
- La socialización del trabajo, la retribución del mismo, los incentivos materiales y morales, y el problema de la superación del trabajo asalariado.
- El problema de la transición al socialismo, la economía mixta, el poder político y el desarrollo de las fuerzas productivas. La propiedad privada, la estatización y la socialización de los medios de producción.
- El papel del partido de clase, de los sindicatos y de la estructura de gobierno en la definición de la estrategia de desarrollo.
- El asunto de la división social del trabajo, su dimensión técnica, sexual y la tensión entre trabajo manual e intelectual.
- Las relaciones campo-ciudad y la estrategia de la alianza campesino- proletaria.
- La estrategia de industrialización, sus contradicciones, ritmos y anclajes clasistas.
Del mismo modo, pero ahora viendo hacia el futuro, se proponen algunas fuentes que permitan avanzar en la definición del horizonte socialista-comunista, es decir, en el esbozo de la sociedad por la que luchamos, una donde no haya explotados ni explotadores, ni opresores ni oprimidos. Se delinean así algunos de los rasgos que, observados ya en las entrañas del capitalismo, podría tener esa nueva sociedad: cooperación y planificación del conjunto del trabajo social, comunalización de la reproducción de la vida y los cuidados, superación de la propiedad privada sobre los grandes medios de producción y su socialización, democratización y generalización del autogobierno, uso y reconfiguración de la ciencia y la tecnología para la solución de problemas sociales, florecimiento de las necesidades humanas liberadas ya de las ataduras del consumismo y de la artificial escasez capitalista, mejoramiento de las relaciones sociedad-naturaleza, etc. No se trata de ensueños o deseos, sino del reconocimiento de las contradicciones y tendencias del capitalismo, las potencialidades que anuncian y, en ese sentido, de la necesaria definición de la ruta a seguir.
La lucha por el pasado. Lecturas críticas y autocríticas de la construcción socialista en Europa del Este y la URSS.



“Los debates [1958-1965] sobre la reforma económica a emprender tuvieron nuevamente como sustrato teórico -entre sus aspectos fundamentales- el tratamiento de las relaciones monetario mercantiles en el socialismo. Como aspecto positivo cabe señalar que una explicación más coherente de su presencia y papel en la economía socialista se logró en estos años a partir de constatar que a pesar de que el trabajo en el socialismo deja de ser un trabajo privado, su carácter social no puede expresarse de manera directa. Se llegó así a la conclusión que ello se debe a la permanencia de la división social del trabajo y de un aislamiento económico relativo entre los productores, tomando en cuenta el insuficiente nivel de socialización de su trabajo como consecuencia -a su vez- del bajo nivel de desarrollo de las fuerzas productivas que se alcanza. Esta situación impide computar directamente el tiempo de trabajo y es preciso acudir a su medición indirecta a través del valor en el mercado.
Esta interpretación superó la tesis basada en las diferencias de propiedad para explicar la necesidad del intercambio mercantil en el socialismo, así como su caracter formal en el seno de la propiedad estatal, tesis que había sido expuesta por Stalin y anteriormente por Preobrazensky.
Sin embargo, se generalizó la noción de que estas relaciones, al tener una existencia objetiva en el socialismo, operaban de forma particular, distinta esencialmente a su funcionamiento en el capitalismo, criterio que se reconoció de manera oficial desde finales de los años 60 en los manuales de Economía Política de la URSS.
Con esta interpretación se subestimó el carácter profundamente contradictorio que, en última instancia, tiene la presencia del mercado y su dinámica en la nueva sociedad. Se incorporó a la teoría económica el criterio de la ‘utilización consciente de la ley del valor’ como un elemento inocuo en los mecanismos de la planificación, lo cual constituyó uno de los factores de mayor importancia para explicar la mercantilización creciente del socialismo europeo a partir de los años 60, acelerando así sus contradicciones e impulsando las tendencias que contribuirían a su fracaso.” (pp. 51-52).
Rodríguez García, José Luis, El derrumbe del socialismo en Europa, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2016. Y aquí otro texto del mismo autor y tema.
“Aunque ese ‘modelo ortodoxo’ reconocía un paralelo entre la conducta maximizadora del ingreso de los empresarios en el socialismo real, y la maximización de ganancias que se asume para las firmas en el capitalismo, no procedió, a partir de allí, a denominar capitalistas a los empresarios. Y,a primera vista, no debiera. Después de todo, estos empresarios no eran dueños de los medios de producción, no tenían poder para obligar a los obreros a realizar trabajo adicional, y no poseían bienes (como resultado del proceso de trabajo) que pudieran ser intercambiados para realizar plusvalía, lo que puede ser la base para la acumulación de capital. Además, según el contrato social ellos carecían de la capacidad para rebajar los salarios reales, intensificar el proceso de trabajo e introducir tecnología que ahorrara trabajo. En pocas palabras, no encontramos aquí relaciones capitalistas de producción. Sin embargo, estos empresarios sí contienen en sí mismos la lógica del capital, al igual que los capitalistas comerciantes y prestamistas antes de que el capital lograra tomar posesión de la producción.[…]
En pocas palabras: dos sistemas y dos lógicas simplemente no existen una junto a la otra. Ellas interactúan. Se penetran mutuamente. Y se deforman una a la otra […] Precisamente porque existe una reproducción impugnada entre conjuntos diferentes de relaciones productivas, la interacción de los sistemas pueden generar crisis, ineficiencias e irracionalidad […]. Esta es la historia desarticulada del socialismo real. Sus características particulares no fueron el resultado ni de la lógica de la vanguardia ni de la lógica del capital. Más bien fue la combinación particular de ambos lo que produjo la disfunción y deformación identificada con el socialismo real.” pp. 106-108
Lebowitz, Michael, Las contradicciones del ‘socialismo real’: el dirigente y los dirigidos, Ruth Casa Editorial, La Habana, 2015.



“¿Cuál fue la causa del colapso soviético? Nuestra tesis sostiene que los problemas económicos, la presión exterior y el estancamiento político e ideológico fueron un desafío para la Unión Soviética a comienzos de los años ochenta, pero que cada uno por separado o todos en conjunto, no fueron la causa del colapso de la nación. Fue provocada por las reformas políticas específicas implementadas por Gorbachov y sus acólitos. […] El viraje de Gorbachov fue posible por el crecimiento de la Segunda Economía, que condicionó las bases sociales para una conciencia antisocialista. El revisionismo del líder soviético barrió con sus oponentes y marginó a los polares del marxismo-leninismo: la lucha de clases, el desempeño rector del Partido, la solidaridad internacional y la primacía de la propiedad social y de la planificación centralizada. Al retractarse la Unión Soviética de su política exterior, prosperó la fragmentación del Partido Comunista. Esta última manifestación ocurrió al unísono con la entrega por parte del Partido de los medios de comunicación, la involución de los mecanismos centrales de planificación y el deterioro económico consecuente, en fin, la extinción del Partido como mecanismo armonizador entre las naciones que integraban la Unión Soviética[…]” 280-281
“La caída de la Unión Soviética no fue un hecho inevitable. […] Las políticas aplicadas por Gorbachov pudieron no haber sido inevitables, pero tampoco fueron accidentales. Fuerzas poderosas internas y externas sirvieron de base al revisionismo que asumió el poder con Gorbachov. Esas fuerzas – las empresas privadas legales e ilegales y su corrupción asociada, más el militarismo agresivo externo de los Estados Unidos, así como la resurgente ideología del libre mercado- habían crecido y se habían fortalecido en las décadas anteriores a 1985; pronto Gorbachov desataría las fuerzas internas y se acomodaría a las externas.[…] La contrarrevolución soviética ocurrió porque las políticas de Gorbachov desencadenaron el proceso mediante el cual grupos sociales con determinadas posiciones ideológicas y materiales, arraigadas en la propiedad privada y el libre mercado se fueron apoderando eventualmente de posiciones de poder hasta desplazar las relaciones económicas socialistas dominantes hasta entonces, o sea, ocupar el lugar de la economía planificada, Primera Economía, de carácter social en sus relaciones de propiedad y producción.” (pp. 282-286).
Keeran, Roger; Kenny Thomas, Socialismo traicionado. Tras el colapso de la Unión Soviética 1917-1991, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2015.
- KKE, Resolución sobre el Socialismo, XVIII Congreso del KKE, 2008.
- Canales Garrido, Jaime, Génesis, vida y destrucción de la Unión Soviética, Editorial Cienflores, 2019. Aquí una apretada sintesis del contenido.
- Nicolic, Milos, The causes of the breakdown of ‘real socialism’, CEIICH-UNAM, México, 1995
- Martínez Heredia, Fernando; Kohan, Néstor, Socialismo y marxismo, Oceansur, 2014.
- Colectivo de Autores, El derrumbe del modelo Eurosoviético. Visión desde Cuba, Editorial Felix Varela, La Habana, 1996.
- Molina, Ernesto, Devenir del modelo económico socialista, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2016.
La lucha por el futuro. Construyendo una brújula para el combate. ¿Qué comunismo?
Lebowitz Michael, La alternativa socialista: El verdadero desarrollo humano, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2015.


“Ese concepto, como hemos visto, incorpora tres momentos: a) la propiedad social de los medios de producción (lo que incluye el derecho de todos a compartir nuestro patrimonio común); b) la producción social organizada por los trabajadores (lo que permite a los productores desarrollar todas sus capacidades mediante su práctica) y c) la satisfacción de necesidades y fines comunitarios (lo que requiere el desarrollo de una sociedad solidaria basada en el reconocimiento de nuestra humanidad en común).
[…]
En este aspecto, la lucha por las nuevas relaciones socialistas de producción es una lucha en dos frentes: en el lugar de trabajo y en el Estado que es el propietario de los medios de producción. En la medida en que esa lucha se gane, podemos hablar del surgimiento de la ‘sociedad cooperativa basada en la propiedad común de los medios de producción’. Y entonces, pueden cambiarse los métodos y la organización de la producción. En el proceso hacia las relaciones socialistas de producción, los productores asociados pueden comenzar a cambiar el modo de producción que han heredado y crear otro que corresponda a sus propias necesidades y objetivos; en resumen, un modo específicamente socialista de producción.” (pp. 98-101)
[…]
“Aquí yace la cuestión crucial: ¿Qué modo de regulación es el apropiado para el socialismo mientras sus exigencias no aparezcan como leyes naturales evidentes? Según lo comprendió Marx , una parte esencial del modo socialista de regulación es el poder de las ‘comunas descentralizadas y democráticas, autoadministradas y autogobernadas’; un Estado del tipo de la Comuna de París. Así como el capitalismo necesitó de la fuerza (la comadrona de toda antigua sociedad que está preñada de nueva), también la naciente sociedad socialista necesita una fuerza, pero una fuerza adecuada a la nueva sociedad.
Mediante sus específicos ‘medios artificiales’ , el modo socilista de regulación intenta fomentar las nuevas relaciones que se están desarrollando entre los productores asociados. Elementos heredados, como el énfasis en el interés individual, son subordinados mediante el desarrollo de una nueva racionalidad social que se centra en la comunidad y sus necesidades y alienta el desarrollo de nuevas normas sociales basadas en la cooperación y la solidaridad entre los miembros de la sociedad. La combinación de ese enfoque y la creación de instituciones comunitarias que identifiquen democráticamente las necesidades colectivas y coordinen la actividad productiva para satisfacer esas necesidades, se hallan en el centro del nuevo sentido común socialista.
Sin embargo, más que simplemente un enfoque en la centralidad de las necesidades humanas, lo que es crítico es que la necesidad de encarar soluciones colectivas para su satisfacción sea reconocida como una responsabilidad de todos los individuos. Donde se necesita una percepción de la comunidad y una confianza en los beneficios de actuar ‘con plena conciencia de ser una sola fuerza social de trabajo’, un Estado por encima de la sociedad civil no puede producir los seres humanos que tengan esas características. Más bien, los seres humanos pueden cambiar las circunstancias y cambiarse a sí mismos sólo mediante sus propias actividades y a través de organizaciones autónomas a nivel de barrio, comunitario y nacional. En resumen, lo que se necesita es el desarrollo consciente de una sociedad civil socialista.” (pp. 104-105)
“Hay dos cosas que deben quedar claras: 1) el reto que nos hemos impuesto es el de terminar con el capitalismo; 2) salir del capitalismo es perder el ‘nivel de vida’ del capitalismo. […] Toda la cuestión del comunismo tiene, pues, como condición previa la de las renuncias materiales consentidas de manera racional, así como su amplitud. Este es un tema eminentemente político. En el capitalismo, el perímetro de las satisfacciones materiales queda abandonado al crecimiento espontáneo y anárquico de la división del trabajo, bajo la conducta ciega y absurda del valor de cambio. En el comunismo, ese perímetro vuelve a convertirse en una cuestión de deliberación colectiva. ¿Con qué objetos queremos vivir, de cuáles somos capaces de prescindir, de cuáles no? La decisión es nuestra, y será, en efecto, política: porque no todo el mundo estará de acuerdo.[…]
Partiendo de la situación actual, del grado de alienación mercantil al que nos ha reducido el capitalismo (con enorme éxito, por cierto), no podemos aceptar la hipótesis del surgimiento instantáneo del nuevo ser humano, ni pretender que de repente este dé pasos de gigante en las renuncias materiales. Desplazamientos, sí; saltos,no.
Por supuesto, no se puede presentar una transición revolucionaria como una mera renuncia, cuando, en realidad, se trata más bien de una gran sustitución: abandonar una cosa para ganar otra. […] No obstante, la gran sustitución seguirá siendo una fantasía sin consecuencias si es demasiado exigente, si la relación de las contrapartidas es demasiado desfavorable con respecto a lo que ese ser-humano-no-nuevo es capaz de tolerar. […]
En el balance histórico del capitalismo, quedará, entonces, que estuvo a punto de destruir la humanidad que hay en el ser humano, de volver su planeta inhabitable, pero también que nos deja el estado de grandísimo desarrollo de sus fuerzas productivas y, en consecuencia, nos permite plantearnos abandonarlo en unas condiciones materiales más favorables que nunca. Sobra decir, no obstante,que, si es para hacer girar las máquinas capitalistas como los capitalistas pero sin ellos, no es que merezca mucho la pena meterse en tantos jaleos. Así pues, es la deliberación política lo que determina qué quedarnos y qué descartar. Y está claro que hay que descartar una gran parte.[…]” (pp. 118-120)
[…]
“Pero si la cuestión de la división del trabajo es macrosocial, cualquier propuesta de alternativa al capitalismo debe hacerse a escala macrosocial, o bien resignar a no ocupar más que los márgenes (y dejar tal cual la enorme parte central).
Sin embargo, que la alternativa al capitalismo deba situarse por fuerza en la escala macrosocial no significa en absoluto que sólo deba ocuparse por ella. La exclusividad de lo macrosocial desemboca en la del Estado, lugar institucional único donde lo macrosocial se expresa y se totaliza. Pero ya sabemos que´sale de ahí: el sometimiento de las multiplicidades de lo social bajo la férula del poder-planificador único […]
En concreto, la reestructuración del hojaldrado de la organización social, la rearticulación de sus múltiples escalas bajo un ‘principio de máximo’: lo más posible de la forma más local. En materia de instituciones y organizaciones colectivas, cuanto má cerca se esté, más se puede controlar; cuanto más se pueda controlar, menos se escapa; cuanto menos se escapa y menos se separa, menos vive su propia vida, menos olvida para que se creó en un principio. En definitiva, menos opime. Y todo ello, no obstante, sin perjuicio de un principio ‘antagonista’ de recomposición y de coherencia macrosocial, el nivel en el que vive una comunidad política lo bastante amplia para sostener un modo de producción y, por lo tanto, su división del trabajo.” (pp. 131- 132)
Lordon, Frédéric, El capitalismo o el planeta. Cómo construir una hegemonía anticapitalista para el siglo XXI, Errata Naturae, España, 2022.

“La planificación socialista de la economía alude a la capacidad de imponer objetivos generales al desarrollo económico y social -incluido el tipo de relación que se pretenda mantener con el entorno natural- a través del control racional y consciente del proceso productivo global por el conjunto de la sociedad. […] En términos organizativos esta racionalización de la actividad económica a escala de toda la sociedad exige que los fines de las diferentes unidades de producción estén subordinados a un fin general democráticamente establecido. A esta coordinación de la actividad de las diversas empresas para la consecución de un objetivo final es a lo que propiamente se denomina planificación de la economía. […] Esta integración de los fines empresariales en un fin común representa una peculiaridad de la economía socialista, en contraposición a la existencia de fines independientes y en paralelo del capitalismo. Desde un punto de vista meramente técnico, la noción de plan incluye, por tanto, dos elementos definitorios: i)la formulación de un determinado fin que se propone conseguir, desglosado en objetivos específicos de desarrollo; y ii) las disposiciones o medios adoptados con vistas a alcanzarlo. Pero en su sentido socialista, la planificación económica exige además la existencia de una estructura institucional que asegure la participación activa de los productores en la elaboración y ejecución del plan.
Así definida la planificación no constituye una ‘técnica’ o una ‘política pública’ que podría ‘emplearse’ (en uno u otro grado) en diferentes contextos sociales (incluido el capitalismo) sino una especifica forma de organización económica de la sociedad basada en la propiedad colectiva de los medios de producción; como tampoco el mercado es una ‘técnica’ que podría ‘aplicarse’ en el socialismo con el hipotético fin de ‘mejorar’ su eficiencia. Plan y mercado no son simples ‘instrumentos’ neutros de asignación susceptibles de ser ‘utilizados’ en diferentes marcos sociales sino la expresión misma de estructuras sociales distintas, formas de organización económica y social antagónicas. […] Las unidades de producción se convierten así en unidades técnicas de la división del trabajo social -dejan de ser centros autónomos de decisión económica (para empezar sobre qué y dónde producir)- y como norma los recursos se asignan racionalmente (mediante técnicas matemáticas de optimización) con arreglo al plan (que se corrige, como luego veremos, por la información que provee en tiempo real el consumo de la producción final de acuerdo a las preferencias de los individuos). El trabajo realizado en el interior del aparato productivo socializado adquiere así un carácter directamente social ( al asignarse a las diferentes tareas mediante el plan) y en consecuencia, el dinero (equivalente general de valor, medio de circulación y también instrumento financiero) se sustituye por una contabilidad directa de los tiempos de trabajo necesarios para obtener los diferentes bienes y servicios.
De acuerdo con todo lo señalado puede entenderse que la posibilidad de llevar a cabo la planificación socialista de la economía depende de dos condiciones fundamentales: i)la existencia de un marco institucional que garantice la participación democrática de la población en los distintos niveles y ámbitos de decisión (nacional, rama , empresa, territorio…); ii)la existencia de una base científico-técnica suficiente que permita disponer de la información necesaria para estimar los costes laborales de los productos y asignar con eficiencia los recursos en ausencia de coordinación mercantil.” pp. 142-144
Cockshott, Paul; Nieto, Maxi, Ciber-comunismo. Planificación económica, computadoras y democracia, Editorial Trotta, Madrid, 2017.

- Katz, Claudio, El porvenir del socialismo, Editorial Herramienta e Imago Mundi, Buenos Aires, 2004.
- Grupo de Comunistas Internacionalistas, Principios fundamentales de la producción y distribución comunistas, 1935.
- Harnecker, Martha, Cinco reflexiones sobre el socialismo, 2012.
- Laibman, David y Al Campbell (Editores), (En)Visioning Socialism IV: Raising the Future in Our Imagination Before Raising It in Reality, Science & Society, Vol. 86, Núm. 2, Abril 2022.
- Laibman, David y Al Campbell (Editores), Designing Socialism: Visions, Projections, Models, Science & Society, Vol. 76, No. 2, Abril, 2012.
- Borón, Atilio, Socialismo siglo XX ¿Hay vida después del neoliberalismo? Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2016.
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