[Descarga PDF] «Por Tejiendo Organización Revolucionaria | Febrero, 2019 »

Como hemos visto, el objetivo del movimiento estudiantil de 1999 era frenar la imposición de las reformas neoliberales que promovían la privatización y exclusión en la UNAM. En este artículo exponemos la estrategia que siguió el movimiento para alcanzar su objetivo y damos respuesta a las siguientes interrogantes: ¿por qué era necesario hacer una huelga? ¿cómo hicieron los estudiantes para mantenerse organizados durante nueve meses?

Así como hoy, en el 99 la asimetría de poder dentro de la UNAM impedía al grueso de la comunidad universitaria participar en la toma de decisiones. El descontento que generaba el Plan Barnés para modificar el Reglamento General de Pagos (RGP) era conocido por las autoridades, quienes –justo por ese motivo– tomaron de manera unilateral la decisión de implementarlas. La aprobación del RGP puso al movimiento en una disyuntiva ¿cómo detener su implementación? Había que actuar de manera cohesionada y contundente, imposibilitar la puesta en marcha del plan, es decir, no permitirle a los altos mandos de la UNAM entrar a la misma.

Aunque la huelga estalló el 20 de abril, desde el mes de febrero los estudiantes habían organizado paros y consultas, por lo que ésta estalla de manera simultánea en 26 de las 36 escuelas de la UNAM. Paralizar las actividades universitarias era necesario para detener el ataque, pero esta no fue la única utilidad de la huelga. Poseer el control del campus universitario permitió a los estudiantes tener con qué correlacionar con la rectoría, presionar no sólo a que se dignaran a escuchar la voz de la comunidad universitaria –que había sido estridente y clara al pronunciarse en contra del plan Barnés–. No, el movimiento estudiantil ya se había hecho escuchar por otros medios, lo que la huelga permitía era forzar a las autoridades a negociar, cambiar de manera coyuntural esa asimetría de poder, obligarlos a ceder parte del terreno que habían avanzado a la mala.

Desde un principio el movimiento se planteó el dialogo y la negociación como estrategia general, para ello la huelga fue clave porque:

1) Metió freno de mano. Ya lo decíamos, si las autoridades no podían entrar a la universidad, no podían implementar el RGP. La comunidad universitaria no estaba dispuesta a permitir que un puñado de funcionarios decidiera el rumbo de la UNAM.
2) Ayudó a emparejar un poco el terreno. La disposición de las autoridades a entablar una negociación con el movimiento cambió a partir de que estallara la huelga pues en ese nuevo contexto los funcionarios sí tenían algo que perder: sus puestos.
3) Evidenció públicamente a las autoridades. Se informó al pueblo mexicano al denunciar lo que estaba sucediendo en la universidad y hacer que la noticia llegara fuera de sus muros. Así el movimiento estudiantil pudo contar con el apoyo de la sociedad civil lo que ayudó a ejercer mayor presión sobre las autoridades.

La huelga fue un mecanismo de lucha que potenció la capacidad del movimiento para hacer triunfar sus demandas. En este proceso, el Consejo General de Huelga (CGH) fue la estructura organizativa que permitiría al movimiento sostener la huelga durante nueve meses. El CGH estaba conformado por delegados rotativos y revocables, estudiantes elegidos en cada escuela para representar en el Consejo las decisiones de sus asambleas. Esta dinámica permitió:

a) Discusión de las bases. Cualquier estudiante podía participar en la toma de decisiones del movimiento con asistir a la huelga en su escuela y ser parte de la asamblea.
b) Lógica del consenso. Sólo aquellas demandas, movilizaciones y propuestas que generaban acuerdo en una asamblea local se llevaban a la discusión del CGH y sólo aquellas que eran aprobadas por el Consejo se llevaban a cabo a nombre del mismo.
c) Horizontalidad. La rotatividad y revocabilidad de los delegados garantizaba que no hubiera un puñado de líderes estudiantiles tomando todas las decisiones y subiendo su perfil individual a costa del movimiento.
d) Dialogo público. Que las instancias de dialogo con las autoridades fueran públicas, con la presencia de numerosos representantes estudiantiles, imposibilitó la realización de negociaciones secretas, a espaldas del movimiento.

Frente a esta estructura para las autoridades no fue tan fácil ejecutar la usual estrategia de cooptación y compra de posiciones para manipular al movimiento estudiantil, aunque claro que lo intentaron. La cuestión fue que, aunque hubo estudiantes que pertenecían a distintos partidos políticos electorales o incluso aliados directos de la rectoría, por el mecanismo del que se había dotado el movimiento, estos debían ir a las asambleas de escuela e intentar convencerlas de sus posiciones. En algunos casos lo intentaron y no lo lograron, en otros quisieron saltarse la instancia de la asamblea local y llegar como delegados del CGH a querer imponer sus agendas pero la dinámica del Consejo permitía identificar y frenar estas conductas.

Ahora bien, aunque el CGH se dotó de una estructura que le permitió sostener un diálogo con las autoridades, la Rectoría nunca accedió a tenerlo, pues entablar un diálogo implicaba reconocer al CGH como un interlocutor válido y en los hechos esto resultaba mucho más vinculante que realizar una consulta. Fue esta intransigencia por parte de las autoridades lo que desembocó en la huelga más larga de la historia de la universidad y no, como quisieron presentarlo en su momento, que los estudiantes fueran necios y faltos de entendimiento político.

A través del CGH el movimiento estudiantil consiguió que la huelga fuera exitosa, puesto que se dio marcha atrás al RGP. El ejercicio democrático que los estudiantes pusieron en práctica hizo todavía más evidente que las instancias de participación estudiantil en la toma de decisiones dentro de la estructura universitaria no es más que una simulación. La existencia del CGH emanó de una crítica profunda a la estructura de gobierno de la universidad. Entre las demandas del estudiantado se exigía la creación de un espacio donde la voz de la comunidad fuera tomada en cuenta. Un Congreso Universitario plural y amplio en el que se solucionaran los problemas de la institución. Esta demanda se ganó durante la negociación, sin embargo en los hechos dicho congreso nunca se llevó a cabo como debiera. Durante la huelga se realizó un precongreso, a manera de preparación. Terminada la huelga de manera violenta, años después, se intentó organizar un congreso espurio, en el que la participación estudiantil fue ambigua y no representaba a la comunidad que había sostenido la huelga.

Al día de hoy sigue siendo un reto para la comunidad estudiantil la construcción de una estructura democrática que permita su participación constante en la toma de decisiones en la UNAM. En este sentido, el CGH es un referente fundamental, pues nos señala una ruta posible y retos pendientes a resolver, ya que la dinámica organizativa llegó a ser disfuncional por la masividad y falta de experiencia. Algunas dificultades fueron:

Se necesitaba tener mucha paciencia. Las asambleas podían llegar a extenderse por horas, a veces incluso días, por lo que participar en ellas resultaba extenuante. Esta situación disuadió a muchos compañeros de seguir participando, pues por su inexperiencia organizativa aún no habían desarrollado la disciplina necesaria para aguantar dichas jornadas de discusión. Al ser asambleas masivas el tiempo de las mismas se extendía porque no era claro cuánto tiempo debía durar la intervención de cada estudiante o cuántas veces podía participar cada quien. Aprender a escuchar a toda la comunidad sin desesperar era uno de los retos, así como aprender a sintetizar las ideas para construir argumentos cuya extensión fuera más breve y contundente.
Había que saber discutir y coexistir sin buscar la anulación del otro. El CGH era un espacio amplio y plural, en el que se vertían todas las posiciones políticas que tenían los estudiantes. Así, participaron en él diversas corrientes ideológicas, muchas veces enfrentadas y enconadas en disputas previas al movimiento. La multiplicidad de voces fue positiva, pues demostraba que el espacio realmente representaba a la comunidad estudiantil. Sin embargo, la disputa por convencer al grueso de los estudiantes de asumir una u otra postura no siempre se llevó a cabo de la mejor manera. Es cierto que existían diferencias de fondo, imposibles de conciliar, que imposibilitaban la generación de acuerdos, pero el CGH no era la instancia para dirimir esas diferencias. Al revés, el CGH era el espacio en el que se evidenciaba cual de las posturas había logrado convencer a través del trabajo y la discusión realizada en otras instancias (talleres, círculos, pláticas informales durante las guardias, etc.), al resto de la comunidad. No queda claro entonces que en todos los casos el desgaste al que se sometió al espacio organizativo por el tono agresivo de la discusión fuera estratégico y condujera a una toma de conciencia del estudiantado presente, cuya opinión estaba en disputa. En cambio, se generaron enfrentamientos que dividieron a la comunidad en polos: paristas/no parista, ultras/moderados, por poner un ejemplo, en los que la existencia de la contraparte se asumía como una imposibilidad para hacer funcionar el CGH y no como una situación con la cual habría que sostener la lucha.

Además de las dificultades propias de la estructura y el proceso organizativo del CGH, éste tuvo que enfrentar el embate ideológico promovido por la Rectoría y los medios de comunicación así como la represión estatal a través del cuerpo policiaco para desalojar y encarcelar estudiantes; temas que se analizan en los siguientes artículos. A veinte años del movimiento estudiantil resulta relevante reflexionar en torno a la estrategia, los mecanismos de lucha y las instancias organizativas que los estudiantes debemos construir para poder determinar el rumbo qué queremos para la universidad.

EL TORITO | por TOR | Número especial 6, Año 6, 2019