[Descarga PDF] «Por Tejiendo Organización Revolucionaria | Febrero, 2019 »

Las demandas y razones presentadas por los estudiantes en huelga no encontraron respuesta positiva desde el Estado y las autoridades universitarias, por el contrario, la única respuesta fue negarse al diálogo y la represión constante. A lo largo del conflicto estudiantil de 1999-2000, el Estado hizo uso de todo su aparato de espionaje, vigilancia, intimidación y agresión; la estrategia represiva abarcó desde el embate ideológico hasta las agresiones materiales, estas últimas incluyeron golpes en las movilizaciones, demandas penales, presos, muertos, secuestros, amenazas, ataques porriles, incursiones policiacas y paramilitares en escuelas que culminaron con la toma militar del campus universitario el 6 de febrero del 2000.

Para el movimiento estudiantil y en general para todos los movimientos populares es importante conocer y analizar el proceso represivo que ejerce el Estado para encontrar mejores formas de enfrentarlo. En este sentido, ubicar a los actores y las funciones que éstos cumplen, las etapas y fases, así como los mecanismos utilizados para reprimir, es fundamental para hacer frente al Estado, cuya función principal es la represión.

Durante la huelga de 1999-2000, los sujetos que orquestaron y ejecutaron la represión fueron diversos. El gobierno federal y local, las autoridades universitarias, los partidos políticos y organizaciones secretas de ultraderecha como el MURO o el Yunque, grupos porriles comandados por políticos y autoridades de todos los niveles, organismos de inteligencia como el CISEN, la Policía Federal Preventiva (PFP), hoy Policía Federal y conformada en aquellas fechas con militares; la policía capitalina, la PGR (hoy FGR), la Procuraduría General de Justica del Distrito Federal (hoy Ciudad de México), los granaderos de negra historia, la Dirección General de Servicios Generales (sic) de la UNAM con “Auxilio UNAM” y ahora “Vigilancia UNAM”, el Tribunal Universitario con todo y su inconstitucionalidad, etc.

Según algunos autores que han estudiado procesos de violencia Estatal se podrían ubicar al menos seis momentos o fases del proceso represivo: la construcción de una otredad negativa, el hostigamiento, el aislamiento, el debilitamiento sistemático, el aniquilamiento material y la realización simbólica de la violencia . Se trata de momentos que articulan todo el proceso, no necesariamente consecutivos, siempre superpuestos, que nos hablan de las lógicas de operación, de la acción de ciertos sujetos y de sus objetivos.

Primer momento: la construcción del otro, ajeno, malo y diferente

El primer momento sería la construcción de una otredad negativa. Este momento es fundamentalmente una etapa de acciones simbólicas, mismas que hemos narrado en otro escrito de esta publicación. Se trata del embate ideológico que desde el Estado, los medios de comunicación y las autoridades universitarias se dirigió contra los estudiantes en huelga.

Como ya hemos mencionado, en medios de comunicación masiva, como la TV o los periódicos, se construyó y difundió un discurso en el que los estudiantes que se oponían al aumento de cuotas y a las reformas neoliberales en la universidad, eran exhibidos en un primer momento como ignorantes, poco informados, ingenuos y manipulados, más tarde como irracionales, insensatos, salvajes y violentos. Para ello sirvió la simulación del diálogo; siempre de forma falsa y demagógica las autoridades se anunciaron dispuestas al diálogo, aun cuando en lo concreto nunca construyeron las condiciones para que éste se llevara a cabo de forma democrática, pública y resolutiva.

Sin atender a sus razones y motivos, sin escuchar sus críticas a las reformas y al nuevo Reglamento General de Pagos (RGP), sin dar espacio a su palabra, al universitario se le quitó el carácter de “estudiante” para definirlo como “parista”. En un inicio este “parista” podía obtener el beneficio de la tolerancia, más tarde ni eso. Este proceso marcó al estudiante huelguista como un “otro malo”, “negativo”, “diferente” a los que siendo “iguales” somos buenos. De este modo, el parista era mostrado como ajeno a la normalidad deseada socialmente y correcta, siempre justa y racional.

Segundo momento: el hostigamiento

El segundo momento sería el del hostigamiento. En esta etapa se pasa del plano simbólico al plano material. Se trata de acciones que buscan fundamentalmente acosar, molestar y amedrentar al movimiento estudiantil; en esta etapa, este hostigamiento va desde agresiones supuestamente azarosas por parte de “estudiantes que sí quieren estudiar” o grupos porriles, hasta acciones policiales que impiden un brigadeo, un mitin, una movilización, pasando por las decisiones universitarias de retirar puertas de las escuelas para impedir su cierre durante la huelga, o las amenazas hechas efectivas de levantar actas en el Tribunal Universitario y demandas ante el MP, sin olvidar los secuestro exprés y las listas negras filtradas a la prensa, así como el seguimiento policiaco ostensible para hacerle saber al estudiante que estaba siendo perseguido y que se sabía todo de él.

El hostigamiento busca evaluar la capacidad de respuesta de ese “otro malo”, es decir, de los estudiantes movilizados contra el nuevo Reglamento General de Pagos (RGP); al mismo tiempo que profundiza su caracterización como otro, ajeno a la buena sociedad, anuncia que la tolerancia inicial tiene límites; construye una fuerza política que ejecutará o solapará la represión, en este caso “los estudiantes antiparistas y los que sí quieren estudiar” así como los académicos e intelectuales progresistas. Con todo ello, se genera un clima de caos y desorden que debe ser atendido en beneficio de toda la sociedad, justificando así el incremento de la represión.

Tercer momento: el aislamiento político y social

El aislamiento sería la tercera etapa, en ella las autoridades universitarias y el Estado avanzan en la delimitación del sujeto que deberá ser reprimido, ese “otro negativo”, sólo que ahora dicha delimitación no sólo se hace con respecto a la sociedad en general sino respecto a sus aliados y círculos cercanos. Mediante el aislamiento se busca eliminar las redes de apoyo y solidaridad, en este caso, el objetivo era separar a los estudiantes en huelga de los apoyos sociales que mantenían, aislaros del conjunto de la izquierda política y social. En este sentido el aislamiento puede ser no sólo geográfico o físico, sino que es sobre todo político.

El CGH comienza a ser el único espacio donde los estudiantes en huelga pueden existir, o al menos eso quieren el Estado y las autoridades; fuera de la universidad éstos son “otros negativos” que atentan contra la sociedad.

En este proceso de aislamiento político juegan un papel fundamental los medios de comunicación quienes silencian la voz de los estudiantes, así como las estructuras estatales secretas de inteligencia, que divulgan rumores, filtran notas a la prensa, esparcen verdades a medias o mentiras completas, con ello buscan que los estudiantes en huelga se aíslen del pueblo y de algunas organizaciones políticas y sociales. Labor cardinal de los estudiantes movilizados fue romper este cerco político y mediático con las brigadas, las marchas, mítines, asambleas y encuentros políticos con organizaciones y otros movimientos sociales.

Cuarto momento: Debilitamiento material y moral

En un cuarto momento el Estado despliega prácticas de debilitamiento sistemático que buscan aprovechar el aislamiento construido previamente. Los estudiantes en huelga siguieron enfrentando acciones violentas, ataques porriles, hostigamiento policial y estigmatización mediática. En esa etapa las autoridades pretenden quebrar a los que resisten, a los que se organizan, buscan que muchos desistan, que asuman las posiciones del enemigo. Por ejemplo, con el tratamiento de la propuesta de los eméritos, las autoridades universitarias buscaron que los estudiantes en huelga asumieran que ya habían ganado, aun cuando sólo ofrecían vagas promesas a futuro a condición de levantarse la huelga. Frases como “ya ganaron” o “el conflicto ya fue solucionado” son ejemplos de esta táctica de debilitamiento.

La cooptación y la división juegan aquí un papel fundamental. Se pretende minar la identidad colectiva de resistencia, no sólo debilitar material, sino sobre todo moralmente. Desde el PRD y otros referentes de la izquierda electoral o pro neoliberal se buscó cooptar al movimiento, al mismo tiempo que se señalaban de forma inquisidora los errores del CGH, para que los estudiantes renunciaran, para que se supieran ya derrotados, y asumieran que no valía la pena continuar. En el mismo sentido, la divulgación y, en muchos sentidos, creación de diferencias entre estudiantes llamados ultras y moderados buscó este debilitamiento moral e ideológico.

En esta etapa se profundiza el aislamiento y se busca dejar sólo una masa resistente pero profundamente debilitada, lista para la represión final. En este sentido el Plebiscito convocado por las autoridades y el rector De la Fuente, fue sólo el momento final del aislamiento político necesario para avanzar hacia la eliminación del CGH.

Quinto momento: el aniquilamiento material

El aniquilamiento material sería el quinto momento del proceso represivo. En el caso de la huelga en la UNAM se trató de la toma violenta por parte de la PFP del campus universitario. El 1 de febrero del 2000 la ocupación militar y policiaca de la preparatoria 3 y el día 6 en la madrugada del campus de Ciudad Universitaria y el resto de instalaciones periféricas. Esta toma militar aniquiló, no al movimiento estudiantil, pero sí al sujeto político que habían construido: el CGH; aun cuando después de febrero del 2000 se mantuvieron asambleas estudiantiles, acciones y marchas con una masiva convocatoria exigiendo el cese a la represión y la libertad de los presos políticos.

Este momento es fundamental ya que en él se busca aniquilar al sujeto político como tal, es decir, eliminarlo junto con sus reivindicaciones y razones, con sus rasgos identitarios, con sus posiciones políticas e ideológicas. En este caso la detención de miles de estudiantes en huelga, su reclusión y tortura tenían el objetivo de eliminar la oposición a las reformas neoliberales en la educación, por fortuna y por la resistencia de los estudiantes en huelga, no lo lograron.

Sexto momento: la realización simbólica y la negación de las víctimas

La sexta y última etapa del proceso represivo centra sus acciones, de nuevo, en el plano ideológico, se trata de la llamada “realización simbólica”. Tras la acción de fuerza que detuvo a los estudiantes en huelga, desarticuló al CGH, recuperó para las autoridades las instalaciones universitarias y desalojó de este modo a los estudiantes de su principales posiciones de fuerza. El Estado y las autoridades buscaron explicar la represión, narrarla de modo tal que fuese no sólo valorada positivamente sino olvidada. Y como la represión no puede olvidarse tan fácilmente, ya que existen evidencias concretas, presos, muertos y estudiantes violentados, entonces la estrategia estatal busca negar la identidad de las víctimas.

En el caso de movimiento estudiantil encabezado por el CGH se trató de negar la identidad de éste y de los estudiantes organizados, es decir, de anularlos políticamente, negar que hayan sido lo que fueron, hacer todo porque sus razones y motivos fueran olvidados. El Estado puede aceptar que se equivocó al reprimir o que fue una medida necesaria y dolorosa, pero su preocupación fundamental es que los sujetos reprimidos puedan ser negados como tales.

Se trata de hacer olvidar por qué lucharon los estudiantes, por qué se organizaron, por qué hicieron una huelga, por qué resistieron, cuáles fueron las razones que los llevaron a levantar la bandera de la universidad pública, gratuita, científica y humanista; al final la narración que intentan imponer es que la educación gratuita y pública ha sido siempre, y así seguirá siendo, una bandera oficial, una política estatal, nos dicen que ellos nunca han pretendido privatizarla ni lo harán.

Finalmente, las autoridades se desvincularon de su responsabilidad ideológica y material en el proceso de represión y buscaron situar el acto represivo como un hecho irracional y dibujar a los estudiantes en huelga como inocentes que no debieron ser reprimidos, borrando del mapa las razones y motivos de la lucha. Con ello no sólo buscaban hacer olvidar su responsabilidad política sino también eliminar definitivamente el conflicto de origen, es decir, el embate neoliberal, y han hecho hasta lo imposible para que se olvide al enemigo: el capitalismo neoliberal y sus políticas privatizadoras.

Sin embargo, nosotros ¡no olvidamos! Hoy convocamos a la memoria y a la conciencia, no como proceso nostálgico o de idealización, sino como llamado a la acción, a retomar las banderas que la generación de lucha que nos precedió supo identificar muy bien. Hoy como en 1999, la educación pública, gratuita, científica, humanista y popular está en riesgo. Hoy más allá de los balances es necesaria la memoria y la organización.

EL TORITO | por TOR | Número especial 6, Año 6, 2019