Sobre las elecciones del 5 de junio para el constituyente de la CDMX


por TOR

2 junio, 2016. Hace algunas semanas nos despertamos con la noticia de que ya no vivíamos en el Distrito Federal sino en la rimbombante Ciudad de México, CDMX para quienes gustan de las abreviaturas. Salimos a las contaminadas calles de la ciudad y la vida seguía igual: la misma explotación, los mismos precios -o bueno, mejor dicho, el mismo aumento de precios-, los mismos esfuerzos para llegar a nuestros trabajos, el mismo tráfico -bueno, más tráfico-, la misma contaminación -bueno, más contaminación-, los mismos excesos policiales, los mismos abusos de los ricos que se creen dueños de las calles, el mismo y destartalado transporte público -al que de público ya sólo le quedó el nombre-. Lo mismo de todo… y eso que según los medios de comunicación y el jefe de gobierno ya habíamos dado pasos de gigante hacia la autonomía de los capitalinos y hacia ¡dejar de ser ciudadanos de segunda!, como ellos dicen.

Nos despertamos, querido lector, lectora, en medio de otra de esas reformas de gatopardo de los políticos mexicanos que cultivan el arte de “cambiar las cosas para que nada cambie”. Veamos en que consiste la famosa reforma que renombra a la CDMX.

Primero, la asamblea legislativa del DF (ALDF) se convertirá en un congreso local que aprobará el presupuesto delegacional (antes no había un procedimiento para otorgar los recursos y ciertamente su asignación era discrecional) y podrá enviar iniciativas a la cámara de diputados. Luego, las delegaciones cambiarán de nombre y serán demarcaciones territoriales gobernadas por un alcalde (antes jefe delegacional) y un grupo de concejales (similares a un cabildo). Aunque se supone que tales cabildos serán un contrapeso al jefe delegacional, en la práctica van a funcionar más bien como cómplices y legitimadores de sus decisiones políticas: sus nombramientos servirán como pagos para los grupos de poder que apoyen las candidaturas triunfadoras -como de por sí sucede en los municipios-; van a hinchar la burocracia y a vivir a costa de los contribuyentes.

Así, tendremos más vividores del presupuesto público para que el jefe delegacional pague sus compromisos. Por otro lado, el jefe de gobierno nombrará al procurador local de justicia (a quien el presidente de la república podrá remover) y al jefe de la policía de la ciudad; es decir que el jefe de gobierno de la CDMX ha conseguido el derecho de nombrar los jefes de la represión contra los ciudadanos.

Así ellos, los políticos, hacen más para su propio beneficio mientras usted, nosotros, la mayoría, querida lectora, lector, seguiremos apretando nuestros bolsillos para que los políticos sigan viviendo bien y los ricos se sigan haciendo más ricos.

¿Cree usted que como la ALDF puede enviar iniciativas al Congreso de la Unión habrá una posibilidad de que las ideas de la mayoría lleguen hasta allá? De ninguna manera, el sistema de partidos tiene controlados todos los espacios por donde puedan colarse esas iniciativas.

Ahora bien, si no nos beneficia de ninguna manera, ¿a quien sí? Todos los partidos -sí, los que están compuestos de esos ladrones que engordan a costa nuestra- en el senado y en la cámara de diputados hablaron contra la reforma: la calificaron de insuficiente, de simulación, de un bodrio, pero declararon también que votarían a favor de su aprobación porque así lo habían acordado sus partidos.

¿No encuentra usted ninguna racionalidad en esto? Nosotros tampoco, sobretodo si sólo miramos por encima y así, superficial, es la información disponible. Pero no hace falta mucha imaginación para concluir que los intereses que se negociaron en esa reforma no son los suyos ni los nuestros, son los de esas personas que gobiernan, con despotismo, el país y la capital de eso que pomposamente llaman “la república”. Se ven un poco más claros esos intereses si atendemos al procedimiento con el que se habrá de aprobar la constitución de la CDMX el año próximo.

Luego de la “grandiosa” noticia, nos informaron que ya había un procedimiento para redactar una constitución. Por un lado, se integrará una asamblea constituyente de 100 diputados, pero serán sólo consultores, puesto que sólo el jefe de gobierno estará facultado para proponer una redacción constitucional. Si ello no fuera lo suficientemente antidemocrático, de los 100 diputados constituyentes, 60 serán elegidos por votación bajo el principio de representación proporcional (o sea que ni siquiera serán diputados que obtengan la mayor votación de su distrito, sino que cada partido tendrá un número de diputados proporcionales a su votación, aunque no gane en ninguno) y 40 serán designados.

¡Haga usted el favor! Para integrar un constituyente, que significa “constituir los poderes a establecerse en una región geográfica”, ¡el 40% de los diputados serán designados por dedazo por los poderes ya establecidos! ¿O sea que se van a constituir a ellos mismos? Pura propaganda. Así, el policía devenido jefe de gobierno del DF, Miguel Ángel Mancera, designará 14 diputados, Peña Nieto designará otros 14, y cada cámara (de senadores y de diputados) designará 6.

¿Cómo se van a designar? ¿Con qué criterios? Todo eso es oscuro y habla de los intereses detrás de la creación de la CDMX: se van a repartir los cargos según sus acuerdos políticos, y como un buen ejemplo de lo polémico del procedimiento, el PRI estará sobrerrepresentado, pues gracias a las designaciones tendrá alrededor del 30% de los diputados (tal vez más) en una región del país donde alcanzó menos del 10% en la última votación y con ello apenas un 7% de los diputados que llaman de mayoría. Va a tener más de 23% extra.

Es cierto entonces que la reforma política del DF, igual que los compromisos que el jefe de gobierno asumió en el llamado Pacto por México (ese acuerdo que, usted recordará, firmaron todos los partidos para apoyar a Peña Nieto como presidente), benefician a los de arriba y específicamente a algunos. Ellos intentarán, como ya lo hacen, involucrarnos en su pugna por el poder, mejor dicho por el gobierno, porque el poder real lo tienen los empresarios, es decir, el capital, ejem… ejem…, pero hablar de eso…, le dirán ellos mismos, es de mal gusto, de resentidos sociales y de nostálgicos incorregibles.

No tenemos suficiente espacio para referirnos al futuro circo en que medirán sus personalismos los candidatos. Sólo diremos que va usted a escuchar muchas mentiras y que si va a votar no tenga usted demasiadas esperanzas en que su voto será definitorio o que ayudará a algo más que a aumentar la soberbia de unos e ilusionar a otros, porque ha de saber que desde las elecciones pasadas se están echando la puntada de que la representación de los ciudadanos puede ser ahora por la vía de candidaturas independientes, como si fuera suficiente, como si fuera necesario, y como si eso ayudara en algo a la mal llamada democracia mexicana.

Las decisiones ya las tienen tomadas y ni usted ni nosotros podemos hacer otra cosa que organizarnos poco a poco para echarlos un día de donde están y, entonces sí, lograr libertades y mejor vida. También le diremos que el circo será carísimo, y no tenemos que decirle que los presupuestos que recibirán los partidos, los “independientes” y el instituto electoral del DF para llevar a cabo la simulación no los pondrán ellos sino que los está pagando usted, nosotros, con nuestros impuestos, pues en este juego de la pirinola nos toca siempre poner todo y a ellos siempre les sale robar todo.

Si aún le parece poco, el artículo octavo transitorio de la reforma dice que no habrá más trámite después y que la constitución aprobada entrará en vigor de inmediato. ¿Y qué es esto? Por inocente que parezca, en el cochino proceso de constitución de la CDMX ni siquiera habrá espacio para someter a referéndum la nueva normativa. Esto quiere decir que los que toman decisiones ni siquiera se tomaron la molestia de simular un proceso democrático.

Las últimas líneas de este artículo del torito las dedicamos a la reflexión de lo que más se ha oído en los medios de comunicación, que es que los capitalinos somos ciudadanos de segunda y que conquistar la autonomía de la ciudad es un proceso para volvernos ciudadanos de primera. ¿Ciudadanos de primera porque un grupo de políticos farsantes van a poder llevar sus iniciativas al congreso de la unión? ¿Ciudadanos de primera porque ya se van a definir las reglas con las que se servirán su tajada del pastel del presupuesto los 16 alcaldes? ¿Ciudadanos de primera porque el jefe de gobierno podrá decidir quien encabece a la policía y haga golpear a quienes protesten y siga encarcelando y abusando de los pobres? ¿Ciudadanos de primera porque ya tendremos cabildos y concejales que van a engrosar las filas de los que viven a nuestras costillas?

La diferencia entre ciudadanos de primera y de segunda no es esa. Se trata de quién tiene dinero y poder de mando y quién debe obedecer y callar cuando aprieta sus bolsillos para que les saquen más por concepto de predial, tenencia, placas, mala gasolina, agua, gas, comestibles, útiles escolares, y un largo, larguísimo, etcétera. Slim es un ciudadano de primera porque así le permiten las leyes, los ricos son ciudadanos de primera porque pueden seguir siendo los dueños de casi todo y abusar de nosotros con impunidad, o ¿cuántos ricos cree usted que están en la cárcel por robar, violar o infringir las leyes? y ¿cuántos pobres están en la cárcel por delitos irrisorios o porque simplemente fueron acusados de algo que no hicieron para mantener las cuotas de detenciones de la policía que presumen cuando dicen que bajan los “índices delictivos”?

Así, sí se trata de que usted, nosotros, la mayoría, luchemos no por ser ciudadanos de segunda o de primera, sino para que lo que nos han quitado vuelva a nuestras manos, y la lucha es de a poco y cotidiana, pero constante. Y el triunfo, nuestro triunfo, sólo puede dárnoslo la organización, aunque le suene a cliché. Entonces lo invitamos a ¡tejer organización!

[Este artículo aparecerá en el próximo número de El Torito mayo-junio]