Por Tejiendo Organización Revolucionaria | 1968 - A 50 años del Movimiento Estudiantil - Popular | Especial #5 del Periódico El Torito | Septiembre 2018

En los años 60 decían que el país se subía a la supercarretera de la modernidad económica. Llamaron el “milagro mexicano” a las bondades que el capitalismo desplegaba, pero el crecimiento económico era en realidad para los de arriba, pues éste no borra la explotación, aunque la pague un poco mejor. Las concesiones económicas hacia los trabajadores en la época se entendieron por la clase en el poder como garantía de gobernabilidad, y dieron lugar al Estado de bienestar keynesiano. Su estrategia se sintetiza en conceder ciertos aumentos en el nivel de vida como parte del combate anticomunista que encabezaba el imperialismo.

Paralelamente a esas concesiones, el régimen en México hacia caso omiso de las demandas de los sectores organizados, lo que dio lugar a diversas confrontaciones entre clases que el Estado “emanado de la Revolución mexicana” reprimió endureciendo su autoritarismo. La represión de la huelga ferrocarrilera de 1958, del movimiento magisterial de 1959, de la huelga de los médicos de 1965 y el asesinato de los copreros guerrerenses en 1967, son algunas muestras de cómo el Estado trató a los movimientos de protesta. Mientras tanto, en las aulas universitarias se ampliaba la difusión del marxismo y el pensamiento crítico en general, lo que ayudó a situar el desarrollo del capitalismo en México. La influencia de estos estudios interpeló a miles estudiantes a tomar acciones contra la injusticia y la represión a sectores y organizaciones en lucha.

No era para menos, el mundo entero estaba en disputa. Poco a poco, sujetos muy diversos y con causas que en otro momento estarían aisladas, comenzaron a cuestionar el régimen político burgués y burocrático a nivel nacional e internacional. El capitalismo y el comunismo, Estados Unidos y la Unión Soviética eran dos polos en constante contradicción que disputaban, y no sólo en el plano ideológico, la hegemonía. Después de la prosperidad que la reconstrucción trajo al mundo capitalista de la posguerra, Estados Unidos y su falsa paz comenzaron a enfrentar una serie de inconformidades, estallidos sociales y revueltas de todo tipo y por todo el mundo.

Por ejemplo, los sesentayocheros de Estados Unidos, a lo largo de toda esa década, habían hecho un movimiento contra la guerra de Vietnam, defendido las luchas por derechos obreros, de los pueblos indígenas, de las mujeres y de los negros, y los sectores movilizados comenzaron a radicalizarse paulatina pero sostenidamente. El resto del mundo no era la excepción, la revolución en Argelia y otras luchas anticolonialistas, así como la emergencia teórico-política del Tercer Mundo, la matanza de comunistas en Indonesia, por mencionar algunos factores, contribuirían a la radicalización de la izquierda mundial.

En la década de los sesenta se produjeron cambios importantes de las formas tradicionales de organización, tras el cuestionamiento de las viejas formas de lucha y la inclusión o redefinición de sujetos históricos. Así experiencias como la revolución cubana triunfante, la primavera de Praga o el Mayo francés impactarían también en México al Movimiento Estudiantil-Polular del 68 (MEP68) que, desde su propia realidad, cuestionó y desafió al régimen. En boga estaban las discusiones sobre el desarrollo de la revolución, el papel de las organizaciones políticas, del partido. El antiimperialismo y el internacionalismo proletarios estaban en el centro de la agenda de la izquierda.

En este contexto, apreciable lector, lectora, surgió el MEP68 mexicano. Pasemos ahora a exponer tres momentos de su desarrollo, que sirven como una pequeña cronología.

Primera etapa

El detonador del movimiento estudiantil fue una pelea entre estudiantes de dos escuelas de enseñanza media superior de la ciudad de México. Al día siguiente, granaderos y policías propinaron una golpiza a los y las estudiantes, que fueron perseguidos hasta dentro de la Vocacional 5, en la ciudadela, donde se habían resguardado. La brutalidad policiaca, extendida hasta dentro de la escuela, despertó la indignación de profesores y estudiantes, quienes estallaron un paro de 72 horas en protesta. En los siguientes días se fueron sucediendo protestas.

La respuesta gubernamental siguió siendo la misma, el 26 de julio nuevamente cientos de estudiantes movilizados sufrieron la agresión de policías y granaderos. Paralelamente, el Estado echó a andar su maquinaria de espionaje y persecución política. Entre asambleas y movilizaciones el Estado fue haciendo listas negras, fichas y mapas de vinculación entre los estudiantes y las organizaciones solidarias al movimiento. Continuaron los allanamientos, confiscación de imprentas, locales sindicales y destrucción de material de agitación.

Sin embargo, el movimiento no reculó, la respuesta de los estudiantes fue inmediatamente la movilización masiva, el mensaje de las asambleas estudiantiles fue contra el Estado mexicano y su autoritarismo. Las exigencias del movimiento se centraron en el respeto a las libertades ganadas y descritas en la carta magna y la denuncia del carácter autoritario y represivo del régimen. Por otro lado, debido a las Olimpiadas que ese año se celebrarían en el país, los ojos del mundo entero estaban puestos en México En los medios oficialistas, la línea editorial marcada desde la Secretaría de Gobernación, era desprestigiar a los estudiantes. Con campañas de estigmatización y desinformación se intentó aislar al movimiento, pero no lograron acabarlo, por el contrario, diversos sectores se sumaron y éste se dotó de banderas que recogían parte de la rabia, el descontento, la indignación y el dolor sufrido por el pueblo a lo largo de décadas de sistemática y recurrente represión. Bajo estas banderas se crearon comités de lucha espontáneos en la mayoría de las escuelas de la UNAM y del IPN, y la posibilidad de una huelga indefinida con un pliego petitorio empezó a tomar forma.

La noche del 29 julio, el Estado mexicano dejó clara su nula disposición de dialogar para resolver el conflicto, pues se ejecutó un operativo conjunto -entre efectivos militares y otros vestidos de civil- que ocuparon cuatro preparatorias de la UNAM, el disparo con bazuca contra los estudiantes adolescentes de la preparatoria 1 ha quedado registrado en la memoria del pueblo; la Ciudad de México quedó bajo control militar. La mañana siguiente se suspendió el transporte en el centro de la ciudad y la policía impidió cualquier mitin en el Zócalo.

Los estudiantes se reagruparon y convocaron a protestar contra la ocupación militar de las escuelas, por la defensa de la autonomía universitaria y en favor de la libertad de los presos políticos que la represión de luchas populares anteriores había dejado. La movilización del 1 de agosto fue fundamental para tejer lazos con distintos sectores sociales, marcharon 80 mil universitarios, incluido el rector Barros Sierra. Se planeó ir al Zócalo, pero el enorme despliegue del Ejército mexicano y policía obligó a los manifestantes a no salirse de la ruta permitida por el gobierno: Ciudad Universitaria – Félix Cuevas.

El Estado mexicano declaró en los siguientes días, en voz de Echeverría y Corona del Rosal que “el orden ha sido subvertido” y justificó la intervención del Ejército.

Estos días marcan una primera etapa del movimiento con dos características evidentes: 1) la respuesta organizativa de los estudiantes aún no está bien coordinada, y 2) hay un aumento de la represión, la violencia del Estado deja varias muertes y son arrestadas más de mil personas.

Segunda Etapa

Esta segunda etapa se caracterizó por el avance organizativo del movimiento y una rápida acumulación de fuerzas a través de cosechar el apoyo de cada vez más escuelas que entraron en huelga y de otros sectores, por ejemplo secciones de sindicatos obreros hicieron huelgas y paros, del Movimiento Revolucionario del Magisterio, múltiples declaraciones y acciones de solidaridad de organizaciones obreras y campesinas. Dicho avance del movimiento hizo que el gobierno retrocediera en la represión durante esta segunda etapa.

Se constituyeron el Consejo Nacional de Huelga (CNH) y el pliego petitorio. El papel fundamental del CNH fue organizar la protesta y la autoconstrucción de espacios democráticos, en un primer momento ligados a la vida estudiantil, pero después fueron ensayos de organización en otros contextos sociales. Las demandas del pleigo petitotior fueron el punto de partida para la mediación con el Estado, y también el puente de contacto para reconocer, sensibilizar y politizarse junto con pueblo. Las comisiones que componían al CNH innovaban en el movimiento estudiantil y lo hacían dar un salto cualitativo.

En las asambleas se acordó crear las Brigadas, pequeños grupos que fueron la base y músculo del movimiento, a través de ellas se solidarizó con diversidad de actores políticos, pero también hizo propaganda y tomó decisiones; por otro lado, la politización que adquirían los brigadistas a través de la lucha le daba al movimiento garantía de continuidad y permanencia. El día a día le enseñó al movimiento la necesidad de vincular y articularse con los sectores desposeídos, ahí encontró las causas profundas de la falta de libertades, que no sólo para los estudiantes, es decir, la explotación y la ambición del capital por acumular ganancias a cualquier costo es ley nacional, sobre todo para los maestros, colonos, trabajadores y campesinos.

Por la vía de los hechos se practicó una organización distinta, una organización que movilizó a grandes sectores de la población fuera de los cauces legaloides; al menos participaron 200 000 estudiantes organizados procedentes de la UNAM, IPN, Escuelas Normales y la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo, para coordinar a tal cantidad de estudiantes se eligieron representantes en asambleas escuela por escuela, revocables a cada momento. Esto permitió la tantas veces olvidada dirección colectiva -unánimemente respetada- y con esto las bases para un pliego petitorio que se mantuvo lo que duró el movimiento. Además, en las asambleas participaron todas las corrientes políticas existentes entre el estudiantado: comunistas, demócratascristianos, trotskistas, espartaquistas, maoístas, guevaristas, socialistas y otros.

Ahora ya bien coordinado, el MEP68 construyó y se reapropió de tácticas eficaces para llamar a la unidad del pueblo entero. El movimiento se enseñó a sensibilizar al pueblo mexicano, informar y romper los cercos informativos de censura y desprestigio orquestados por el régimen y, a la par, posibilitó documentar lo que estaba pasando por medio del cine y otras herramientas.

Se hizo posible construir un aparato de comunicación dislocado pero articulado que combinaba lo cultural y lo político, no sólo agitación y propaganda. Tanto la organización en las escuelas como en los centros de trabajo, fabricas y barrios, permitió aprovechar los recursos, herramientas y voluntad política de los que participaron en el movimiento. Se hizo posible coordinar una amplia cantidad de jóvenes en brigadas y talleres, que actuaran rápido y comunicaran eficazmente. Por ejemplo, ahí donde era necesario el mitin, volantes y cuadernillos, se desarrollaron habilidades para comunicar y recaudar fondos en el menor tiempo posible. La serigrafía y el mimeógrafo, por ejemplo, fueron las técnicas más contundentes para aprovechar la mano de obra del movimiento, con altas tasa de producción, para así difundir las demandas; las brigadas posibilitarían un alcance mayor en un gran número de zonas populares. Las mantas son otro ejemplo, desde el mismo proceso de construcción de las consignas y su asertividad para conectar e involucrar a distintos sectores populares. Y así, en otros casos como las marchas, conciertos, obras de teatro fueron, en los hechos, medios-herramientas-tácticas del MEP68 para propagar, agitar, sensibilizar y demostrar su descontento con el gobierno y sus políticas represivas, pero sobre todo para invitar al pueblo a unirse en la lucha contra el régimen.

Así, mientras los intentos del binomio Pentágono-Pinos por romper el CNH o sustituirlo con organizaciones porriles priistas fracasaron, los estudiantes construyeron alianzas con distintos sectores, por ejemplo con la Coalición de Profesores de Enseñanza Media Superior Pro Libertades Democráticas. Más tarde, se sumarían las muestras de solidaridad de los electricistas, campesinos, mineros, petroleros, madres y padres de familia o comerciantes de distintas partes del país.

Es importante mencionar que durante el mes de agosto se desarrollan las discusiones estratégicas más importantes al seno del MEP68, éste resultó ser un momento crucial en la formación y politización del estudiantado. Por un lado, se llamaba al levantamiento de las huelgas y a la negociación con el gobierno de Díaz Ordaz; se sostenía que el movimiento había alcanzado los límites máximos de la acción posible. Ahora que el MEP68 había logrado organizar la rabia y conectar con las luchas de los de abajo, la posición contraria abogaba por la continuación de la lucha para forzar concesiones radicales del Estado.

El gobierno intentó persuadir, comprar, maicear, obligar a todos, pero nunca lo logró.

Tercera Etapa

La tercera etapa se caracteriza por ser la más represiva. La política de seguridad nacional del Estado mexicano adquirió tintes de guerra interna contra un enemigo público: estudiantes y pueblo organizado.

Las declaraciones y discursos oficiales dejan testimonio de que no existieron titubeos de parte de la burguesía en el poder para reprimir y garantizar la realización de los juegos olímpicos y la estabilidad de las instituciones, en suma para restablecer el orden capitalista.

Lo anterior respondía a que, desde abajo, el MEP68 había demostrado la posibilidad real de construir el poder y la unidad popular necesaria para definir el futuro del país. El Estado no lo permitiría, no importaba el costo político de la represión y la pérdida de legitimidad, que sería sustituida con balas y tanques, con miedo y terror, espionaje, ocupación militar, retenes y puestos de vigilancia. Todo para garantizar el control de la población entera. El control de la prensa para formar la llamada opinión pública fue crucial para tergiversar y mentir sobre la estrategia y eventos represivos que ejecutó el Estado mexicano.

El 18 de septiembre el ejército ocupó las instalaciones de la UNAM en Ciudad Universitaria y otras escuelas. Cinco días después el Casco de Santo Tomás fue tomado por la policía y el ejército, tras una batalla de dimensiones homéricas. Así fue escalando el nivel de agresión. Aumentaron los desaparecidos y detenidos tras los operativos.

El 2 de octubre se convocó un mitin en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco. Pocos minutos después de las 18 horas, efectivos del Ejército mexicano y agentes infiltrados dispararon contra los asistentes, se perpetró así la masacre contra el pueblo organizado.

Los días siguientes, pese a la poca información y a la desmovilización que produjo la masacre, continuó la propaganda estudiantil. Incrementó el clima represivo, persecución, asesinatos y encarcelamientos. Se fueron sumando los desaparecidos. El CNH sustituto emitió comunicados, sin embargo, la respuesta fue muy reducida, el terror había provocado sus efectos.

El Estado mexicano esperó pacientemente, no concedió ninguno de los puntos del pliego petitorio. El 21 de noviembre el CNH, o lo que quedó de él, levantó la huelga general.

El monstruo aprende y tiene garras

Durante la década de los setenta la lucha continuó, la represión replegó a muchos a las escuelas: en la UNAM, la Escuela Nacional de Economía luchaba por la instalación y reconocimiento del cogobierno, la Facultad de Ciencias exigía respeto al proceso democrático para nombrar a su director, Medicina instalaba su consejo general de representantes por encima de las autoridades, Trabajo Social y Psicología demandaban reconocimiento a sus planteamientos autogestionarios, Arquitectura, la ENAH y otras escuelas lograban el autogobierno, las Preparatorias Populares demandaban su reconocimiento e incorporación universitarias, Ingeniería y Derecho luchaban violentamente día con día contra los porros, los CCH’s libraban una gran batalla por su democratización, asimismo se inicia una lucha de masas independiente, que daría origen a la conformación de los más variados frentes populares.

Pero el monstruo aprende y tiene garras. A algunos, otrora comprometidos combatientes, los coptó y ahora pululan en los puestos de gobierno, otros más padecieron la nueva política del rector Soberón, la cual estuvo encaminada a eliminar toda expresión de organización. Mientras tanto, las nuevas generaciones vivían bajo el estigma del asesinato, persecución y desapariciones de la guerra sucia, dirigida también contra quienes vieron agotados los caminos legales. La pinza se cerraba nuevamente sobre el movimiento social, y aunque el panorama se vea funesto, todos los planes de mercantilización y privatización de la Universidad han sido, uno tras otro, rechazados mediante movilizaciones estudiantiles, como la huelga del CEU del 87, la de los CCH’s del 95 y la del CGH de 1999-2000.

Hoy la represión y dominación continúan. Con otros colores y otros discursos la criminalización y represión de hombres y mujeres, comunidades y organizaciones que luchan se sigue ejerciendo contra los que no tienen nada, contra los trabajadores y desposeídos. Nos siguen faltando 43 y miles más. Esa aparente “modernidad” hoy se topa con la realidad, quienes intentamos ejercer las libertades políticas en realidad estamos limitados por las enormes diferencias económicas, por lo que se hace evidente que encima de la supuesta “igualdad política” están las contradicciones de la lucha de clases.

Estamos convencidos apreciable lector, lectora, que vendrán otros y recogerán esos legados, no por herencia sino por compromiso, por la innegable responsabilidad del que vive y mira el mundo en sus múltiples relaciones, esas que nos envuelven irremediablemente, recordándonos que el estudiante es pueblo.




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