Lo que está en juego en esta elección

Hay quienes se afanan en ataviar el proceso electoral en ropajes heroicos, pues son de la opinión de que el resultado de la contienda determinará el rumbo del país. ¿Qué hará la izquierda en ésta coyuntura histórica? increpan no sin antes advertir su inexistencia, ridiculizar el discurso anti-electoral y la propuesta zapatista.

A propósito no mencionan cuál es el objeto de la disputa en estas elecciones, si el acceso al poder o al gobierno. Algunos dirán que esta distinción clásica ya fue superada en la historia o que eso no importa, que ahorita hay que ganar y que vamos viendo, otros más hablarán de su fracaso: “ya peleamos por el poder y no se pudo, ahora peleamos por gobierno, no pudimos cambiar el sistema ahora queremos administrarlo”, palabras más, palabras menos.

Y no se niega que en el ejercicio del gobierno, o sea de la administración, se ejerce cierto poder, eso lo sabe todo el mundo, lo que sí hay que cuestionar es que eso sea tan fundamental como para dar la razón al pragmatismo que señala que hay que ganar la elección a cualquier costo y a partir de ahí empezar la transformación. Y cuando dicen cualquier costo lo dicen en serio: alianzas con la ultraderecha, sectores reaccionarios del clero, empresarios de dudosa probidad, un montón de caciques locales y sindicales, Elba Esther, Manuel Espino, además de Esteban Moctezuma y otros expriístas que sobra mencionar aquí.

Pero también es sabido que buena parte del poder radica en la organización de las clases sociales que componen la sociedad, la clase mejor organizada es la burguesía y el Estado refleja su alto grado de organización. En México, la burguesía ha dado muestras tangibles de su capacidad de unidad y de organización, pues en varios momentos de la historia reciente han cerrado filas para combatir a un enemigo común. Los frentes que formaron contra la APPO (2006), la CNTE (2006 y 2013), el SME (2009), y López Obrador (2006) no tuvieron fisuras, toda la burguesía favoreció y aplaudió la desaparición de Luz y Fuerza y el fraude electoral, y calumnió a los maestros y al pueblo oaxaqueño, mientras había muestras tangibles de la organización popular y sindical en la calle. Llama la atención, y es un punto sobre el volveremos después, que en la actual elección haya medios de comunicación, empresarios y políticos señalando la posibilidad de un fraude electoral, y haciendo alusión a lo ocurrido en 2006, cuando en aquella ocasión todos lo negaron.

Por el contrario, las clases explotadas estamos altamente desorganizadas, sobre todo después de la guerra que la burguesía desató contra el pueblo y que ya cobró decenas de miles de muertos y desaparecidos. Sigue siendo cierto que quien aspire al poder debe organizar a la clase, Venezuela es un ejemplo de esto pues si el chavismo ha podido ejercer el poder en la sociedad es porque logró organizar y movilizar a una buena parte de la gente.

Los del discurso pragmático que dicen que lo importante es ganar la elección, tendrían que decirnos cómo le van a hacer para organizar a la gente y explicarnos por qué en 18 años de campaña electoral no lo han hecho, al grado de tener que recurrir a Elba Esther para garantizar presencia nacional en las casillas pues, como dijo López Obrador, se han dedicado a amarrar al tigre. Parece que en realidad su lectura es que tiene que ganar “el bueno” y desde ahí van a implementar un cambio, esto suponiendo que nos dicen la verdad y que sí quieren cambiar las cosas. Sus intelectuales se la pasan hablando mucho más tiempo que el que dedican a organizar efectivamente a la gente en barrios y sindicatos donde son fuerza mayoritaria o única.

Decíamos antes que hoy se ven enfrentamientos entre empresarios que no se vislumbraban en 2006, y ello es un indicador de otro elemento que está en juego en esta elección. La crisis mundial ha enfrentado entre sí a diversos sectores de la burguesía, eso que llaman el marco global de creciente competencia es en realidad una pelea por ver quien va a salir menos afectado de la crisis y esa es una de las causas de la variedad de frentes empresariales que atestiguamos en torno a los candidatos. Vale mencionar que esto no pone en duda la capacidad de unidad de la burguesía como clase, sino que más bien parece que no tiene enfrente un enemigo al cual combatir y sus intereses fundamentales están salvaguardados.

En relación con lo anterior, la respuesta mexicana a la crisis mundial son las llamadas reformas estructurales, que fueron las 11 reformas neoliberales aprobadas en los primeros días del sexenio de Peña Nieto con el acuerdo de todos los partidos políticos (el famoso acuerdo que llamaron Pacto por México). Para la burguesía es muy importante el resultado de tales reformas, pero lo que ahora le importa es saber quién podrá administrarlas y aplicarlas más a su conveniencia. O sea que en la elección efectivamente está en juego quien puede recomponer el neoliberalismo de manera más favorable para ellos.

La guerra de Calderón y Trump en la escena internacional son otros dos factores que influyen en las decisiones de la burguesía, que estaba muy interesada en saber cómo cada candidato le respondería a Trump previniendo un escenario pos-TLC donde van a perder parte de sus negocios. Por otro lado, la guerra que la burguesía y el gobierno desataron contra el pueblo en 2007 les permitió reprimir a la sociedad para poder aprobar las reformas estructurales. No obstante, también es cierto que la guerra ha generado una cantidad importante de contradicciones que ya empieza a afectar a la burguesía. Que los muertos los siga poniendo el pueblo no implica ncecesariamente que a sectores de la burguesía no les importe la paz social o los niveles de inseguridad que vivimos, al menos en la medida en que la violencia afecta sus negocios. Todos los anteriores son signos de la crisis y parte de las necesidades de recomposición del neoliberalismo: dar una respuesta a la crisis económica mundial y garantizar que puedan seguir con sus negocios aquí.

Una pregunta pertinente es hasta dónde es posible recomponer el neoliberalismo y cuáles serán los costos sociales. La burguesía parece haber alcanzado la conclusión de que cualquier recomposición requiere de un componente popular importante, o sea que tienen que movilizar a sectores grandes de la sociedad. Así pueden leerse algunos de los llamados gobiernos de izquierda en América Latina, como dinamizadores del componente popular necesario para la recomposición, y es importante aquí decir que no hay que confundir “izquierda” con “izquierda anticapitalista”.

Por todo lo anterior, López Obrador puede ser un candidato idóneo para varios sectores de la burguesía que lo han apoyado o que están empezando a hacerlo, y ello fortalece su candidatura. Sin embargo, el componente popular que él representa y que puede aspirar a movilizar siempre supone riesgos para la burguesía, dicho de otra manera, el tigre está ahí siempre, aunque digan que está amarrado.

Hay al menos otros dos aspectos que favorecen su campaña, el hartazgo y la desesperación popular que ha provocado la aplicación del neoliberalismo, guerra incluida, y las evidentes deficiencias de los otros partidos políticos.

Sobre lo primero, hay que decir que López Obrador y sus intelectuales afines han logrado presentarse como la oposición real a los gobiernos más recientes y particularmente al actual, y han atraído a sectores afectados por las reformas neoliberales y los megaproyectos. Han logrado movilizar y aglutinar algunas luchas populares que no cabrían en una definición de izquierda clásica, o sea que no son propiamente una organización. La visión del país que ha sido apropiado por una mafia minoritaria en su beneficio y cuya corrupción es la principal responsable de las injusticias, es bastante atractiva tanto para las clases explotadas, que son las grandes damnificadas del neoliberalismo, como para un sector liberal-burgués que ubica el problema no en el sistema capitalista propiamente sino en su funcionamiento, y que ubican su objetivo en sustituir a las malas personas por otras que sean buenas y honestas para que las cosas funcionen bien; muchos de estos últimos son asiduos defensores del concepto de Estado fallido.

Ello conlleva un riesgo para la burguesía, pues sí será posible leer un triunfo de López Obrador como un triunfo del descontento y del hartazgo, y ello puede darle alientos al tigre.

Con respecto a las carencias de los otros partidos que juegan a favor de López Obrador, la principal es que tanto el PRI como el PAN están pagando el precio de haber dejado de formar cuadros políticos durante las últimas tres décadas y dedicarse a formar puros tecnócratas para administrar al país como una empresa. Resulta que ahora no tienen ni los operadores que favorezcan los acuerdos para la estabilidad social ni el líder carismático que pueda manejar tanto a la gente como a los viejos dinosaurios. En suma no tienen quién pueda dirigir la recomposición del neoliberalismo con la eficacia con que lo haría el viejo PRI; la nostalgia les asalta.

Pero ¿por qué PAN y PRI no generaron una candidatura de unidad? Seguramente será una pregunta que se quede en el tintero sin contestar, pero sí hay indicios de que los grupos a lo internos son lo suficientemente fuertes para no ceder. El grupo Atlacolmulco, por ejemplo, parece poco dispuesto a negociar sus propios intereses, la fractura del PAN con la salida de Zavala y el enfrentamiento entre Anaya y Cordero también parecen ser indicio de que la politiquería les dificultó el candidato de unidad. Dicho sea de paso, las divisiones del PRD también son varias, la más significativa es Morena.

Este es el escenario en que López Obrador habla, y esos son sus interlocutores, la burguesía. López Obrador sí representa la posibilidad de recomponer el neoliberalismo implementado por los tecnócratas con los niveles de consenso del viejo PRI, con sus alianzas que pretenden abarcar todo el espectro político y con la promesa de que los programas sociales mediarán el conflicto de clases. La aparente esquizofrenia de una burguesía que quiere recomponer el neoliberalismo pero no quiere perder nada y mantener al mismo tiempo las cosas como están, favorece que esté haciendo una apuesta por la izquierda electoral.

Hay quien opina que con López Obrador hay posibilidades de detener la guerra. Pero allá arriba esto aún no está claro. Por supuesto, la guerra ha generado inestabilidad en el país y hay sectores de la burguesía que la quieren parar. Sin embargo, detener la guerra contra el pueblo que han usado para impulsar el neoliberalismo con la aprobación e implementación de reformas y megaproyectos supone también el riesgo de que algunos de estos últimos puedan ser frenados por la movilización popular. La guerra ha sido importante para la burguesía porque ha sido la garantía de implementación de los proyectos de extracción. La preeminencia que en aquellos círculos ha ganado López Obrador puede ser evidencia de que la discusión no se ha saldado, y hay una tensión entre parar o no la guerra.

Esa parece ser la discusión allá arriba, una burguesía manejando sus opciones y tomando sus riesgos, estableciendo límites manejables y con la confianza de que el tigre está amarrado.

Por supuesto que cabe la pregunta de qué se puede ganar en las elecciones para el pueblo y para la izquierda. La burguesía gana de por sí, pero también es cierto que en este escenario contradictorio se abren posibilidades de concesiones económicas al pueblo y que se abre un abanico de posibilidades para otros sectores de la izquierda, desde el anti-electoralismo hasta aquellos que se han sumado a algún partido y pasando por el registro de una candidatura independiente; todo ello para aprovechar la coyuntura electoral. Sin embargo, también se abre la pregunta de qué hacer después de la elección. Sobre este punto volveremos más adelante, por ahora sólo comentamos que la coyuntura no está dada de por sí para la izquierda sino que aprovechar y manejar una coyuntura supone que la izquierda tenga una estructura y un proyecto que le permita hacerlo.

Hay quien opina que el triunfo electoral de Morena puede representar un respiro para la izquierda, pero no deben olvidarse dos cosas, primero, que eso depende de que ésta esté en condiciones de aprovechar cierta situación favorable por ejemplo una disminución de la represión, y segundo que deje de ser efectivamente reprimida.

Conviene advertir, sin embargo, sobre el punto anterior, que ya hemos vivido situaciones similares con el triunfo electoral de gobiernos progresistas de América Latina. La represión contra la izquierda no ha cesado, se ha vuelto más selectiva y lo que ha disminuido es la represión social general. O sea que lo que se puede venir no es un respiro para la izquierda sino un respiro social. Nuevamente, este tipo de escenarios lo que permiten vislumbrar son las posibilidades y tensiones que puede abrir la coyuntura electoral, sobre las posibilidades de aprovecharlas hablaremos más adelante.

¿Qué representa Andrés Manuel López Obrador y Morena?

Por lo pronto, cabe preguntarse, ¿qué representa Andrés Manuel López Obrador? Y para intentar una respuesta es importante dejar atrás los lugares comunes porque dificultan el análisis político y lo sustituyen por respuestas simples y simplistas. Intentemos enumerar algunos aspectos de una caracterización.

Empecemos con la pregunta ¿López Obrador es de izquierda, de centro o de derecha? concedamos que es de una izquierda que ha definido como su estrategia de lucha ganar elecciones y gobiernos, o sea electoral. Esa izquierda electoral puede ser progresista en algunas cosas pero definitivamente no es anticapitalista. Sabemos que no es anticapitalistas por el contenido de su programa, pero también por lo que ha hecho antes en donde han sido gobierno. Es progresista en la medida en que adoptó algunas demandas populares, por ejemplo la legalización del aborto en la ciudad de México y la fundación de la UACM, y que tiene cierta sensibilidad hacia las demandas sociales.

Definir a López Obrador como alguien de izquierda electoral no anticapitalista nos dice algo, pero no nos habla de lo más importante, para eso hay que analizar los intereses y alianzas que representa, y cómo podría representarlos desde el gobierno. Analizar las cosas bajo la premisa de que es más importante lo que hace que lo que dice.

En su larga carrera presidencial su política de alianzas es, cuando menos, controversial. Cuando fue jefe de gobierno del Distrito Federal le entregó el centro de la ciudad a Carlos Slim, uno de los capitalistas más poderosos de México, a través de una serie de concesiones y ventas, además de que favoreció a los capitalistas inmobiliarios, con quienes mantiene conexiones y seguramente compromisos. Más recientemente han salido a la luz sus vínculos con otros empresarios de dudosa probidad.

En lo político ha apoyado la campaña de varios gobernadores, Juan Sabines, Graco Ramírez y Marcelo Ebrard, y a los chuchos en el PRD. Todos ellos acabaron en el bando contrario y López Obrador dice que fue traicionado, pero no ha logrado deshacerse del todo de esas viejas alianzas. Ahora tiene como aliados a Esteban Moctezuma, Manuel Espino, Elba Esther Gordillo, y como a los primeros, es casi seguro que no puede controlar a estos últimos. Paradójicamente, este es un elemento de confianza para la burguesía, aunque López Obrador quisiera radicalizarse, no podría hacerlo por las alianzas que ha cultivado.

Por otro lado, su posición no ha sido consistente, lo cual genera una ambigüedad tanto para la burguesía (otro de los elementos que están considerando para ver si asumen el riesgo o no) como para las organizaciones y la gente. Veamos el caso de nacionalismo versus corrupción.

Una de sus principales banderas ha sido el nacionalismo, así denunció la reforma energética como la venta de los bienes nacionales al extranjero y a la mafia en el poder, y habló de echarla para atrás para beneficio de la nación, insinuando una renacionalización y un nuevo impulso al sector petrolero, por ejemplo construyendo una refinería. Después empezó a señalar que el problema es la corrupción con que se otorgaron los contratos y no los contratos que privatizan. Y es que la reforma energética es una de las perlas de la corona y es un tema de amplio interés para la burguesía, por lo que una oposición abierta de López Obrador sí podría disgustarla y él está buscando lo contrario.

Con la reforma educativa tampoco es muy claro que se pronuncie por derogarla o sólo por implementarla “bien”, ha dicho las dos cosas, y desde luego que el mérito de una posible derrota de la reforma educativa no será de López Obrador sino de la CNTE, que sigue luchando contra ésta.

Si revisamos el tema de los impuestos, también ha dicho con todas sus letras que no va a aumentar los impuestos a los ricos, ¿y entonces la redistribución como va a ser? Según el discurso que nos ofrece todo es cosa de acabar con la corrupción. La ambigüedad que esto genera en los diferentes temas es desde luego beneficiosa para su campaña, aunque es confusa y poco educativa para la gente. Algunos intelectuales le aplauden que no explique sus propuestas y que vaya a no decir nada a los debates, pero eso no es de izquierda, la izquierda sí tiene como responsabilidad educar al apoyo popular que cultiva.

Este último punto es importante, porque su ambigüedad discursiva va cerrando los espacios al reclamo social. O sea no habrá nada que reclamarle para que cumpla porque estrictamente hablando se comprometió a cosas contradictorias durante su campaña y antes.

Nos venden esta ambigüedad como una estrategia que cabe dentro del “todo se vale” para ganar, y una vez ganando nos prometen que se van a radicalizar los planteamientos, que la ambigüedad es para no generar enemigos poderosos que impidan el triunfo. Tal discurso encuentra objeciones si nos asomamos a lo que están haciendo en la ciudad de México, o sea que somos incautos en lo nacional y tienen el argumento de que nunca han sido gobierno, pero en la ciudad de México han sido gobierno y son la fuerza principal.

Si hay un espacio donde Morena puede mostrar la radicalidad de su acción como gobierno sería en la ciudad, donde la izquierda electoral ha ganado todas las elecciones a la jefatura y la mayoría de las delegaciones y controlan la mayoría de los diputados locales, y tiene acuerdos con los empresarios locales que, aunque muchos de ellos cuestionables, sí les da amplias posibilidades de acción. Y ahí donde lo tienen todo ganado el programa que nos presenta Sheinbaum para su gobierno está incluso debajo del que en su momento presentó López Obrador, ¿cuál cambio entonces? Así van a hacer cuando sean gobierno nacional, a juzgar por sus actos previos.

Y su posición en lo internacional también deja mucho que desear. En su intento de convencer a la burguesía de que él es un político profesional que puede hablar con Trump de una forma respetuosa y así mantener relaciones estables para hacer negocios, ni por asomo se ha colado la idea de integración latinoamericana o de frente antiimperialista, o frente antitrumpista o algo así. Esto sí se encuentra, aunque sea en el discurso, de algunos otros gobiernos progresistas de América Latina, e incluso en la práctica de pocos.

Lo electoral como coyuntura

Todas las elecciones son una coyuntura política que abre posibilidades para los grupos en el poder, para las clases explotadas, y para las organizaciones de clase existentes, de arriba y de abajo. Por otro lado implica la politización de la gente, pues es cierto que cerca de las elecciones es cuando la gente más habla de política y se suele movilizar. La experiencia del Frente Democrático Nacional en 1988 puede exponerse como ejemplo de movilización y politización masiva.

La inserción de la izquierda en la coyuntura depende entonces de la estrategia que desarrolle, y tales estrategias son de lo más variado, algunas organizaciones de izquierda se integran a los partidos electorales, otras generan un discurso antielectoral, otras buscan el registro de candidatos independientes, y un largo etcétera. Todo depende de una lectura política de lo que pasa a nivel nacional y de una lectura del estado de la organización.

En este punto, conviene no perder de vista una doble función que cumplen las elecciones pues movilizan y desmovilizan al mismo tiempo. Por ejemplo, es cierto que movilizan y politizan, pero también es cierto que lo hacen en beneficio del sistema político electoral, o sea que sí pueden dejar la lección de que lo único importante es votar. Eso conviene a algunas izquierdas, pero no a las anticapitalistas que saben que la participación de la gente en algo diferente a votar será necesaria para derrotar al capitalismo y construir algo nuevo. También cuando la gente va a votar y los votos se transforman en un programa social asistencialista se desmoviliza a la sociedad. No quiere decir esto que hay desaparecer los programas sociales, sino que la función educativa de la lucha por los derechos no debe olvidarse o dejarse para después.

Esta dialéctica entre movilización y desmovilización social que provocan las elecciones sí puede provocar que la izquierda confunda sus deseos con la realidad y desarrolle una estrategia sobre esa base. Así, algunos nos reclaman incorporarnos a Morena y radicalizarla de alguna misteriosa manera, sin cuestionarse su propia estrategia, según nosotros condenada al fracaso por razones que intentaremos explicar en la siguiente sección.

La estrategia de la izquierda no puede obviar tampoco su propia estructura y madurez y, desde luego, las lecciones históricas. Para todo esto es necesario e importante realizar una profunda autocrítica que ayude a reconocer nuestros errores con la humildad necesaria para poder corregirlos. Y es que sucede que nuestra actuación histórica como izquierda ha estado plagada de errores y derrotas que por alguna razón solemos presentar como victorias, aunque sea parciales. También hemos aprendido a privilegiar el análisis moralista antes que el político y en medio de la crisis nuestra pureza se sobrevalora por encima de nuestra capacidad de acción y nuestra contundencia política en la realidad que queremos transformar.

Con la intención de contribuir a este ejercicio escribimos algunas líneas para hablar de la crisis de la izquierda y la dificultad organizativa que ésta nos acarrea y que nos limita.

Sobre la crisis de la izquierda

En nuestra opinión, como izquierda atravesamos una crisis que se extiende desde lo ideológico a las formas de organización y al proyecto de país y mundo; se puede afirmar que estamos en estado crítico y muy lejos de representar un enemigo serio al sistema capitalista actual. Nuestro estado de debilidad se puede apreciar con nitidez con la aprobación del paquete de reformas que atestiguamos el sexenio pasado sin oposición importante. Desde luego que es producto de muchas represiones y en estos años recientes la guerra contra el pueblo ha implicado el asesinato, encarcelamiento, amenazas serias a la vida y ha acarreado la desmoralización de muchas personas militantes de izquierda: organizarse en estos años ha sido más difícil y la intransigencia del poder va por todo sin importar costos políticos, lo cual nos habla, dicho sea de paso, del estado de fuerza que tiene la burguesía actualmente; no está dispuesta a negociar nada y actúa con la espada.

Por otro lado, no hemos podido generar, en tanto izquierda, procesos de unidad relevantes. Las organizaciones de izquierda más grandes o duraderas no cuentan con mucho apoyo popular sobre el cual fundamentar su práctica y, por ende, no hay grandes referentes con una estrategia y tácticas sustanciales para transformar la correlación de fuerzas entre izquierda y derecha, entre explotados y explotadores.

Las razones de esa crisis no son todas externas, o sea que no todas las batallas que hemos perdido ha sido teniendo a la burguesía como adversario, también hemos sido presa de los errores propios, y es grave que muchos de ellos se nos han quedado sin corregir.

Un referente muy importante de nuestra crisis actual, en tanto izquierda, es lo que sucedió en 1988-1989, cuando Cuauhtémoc y otros expriístas encabezaron la formación del Frente Democrático Nacional (FDN) para contender en las elecciones presidenciales. La mayor parte de la izquierda mexicana adoptó la táctica de sumarse a este proceso, contender en la elección y ganar posiciones. No vale suponer que la táctica fue errónea por principio y condenarla de forma ahistórica, más bien veamos brevemente lo sucedido en aquel entonces.

El proceso de la formación del FDN y posteriormente la del PRD fue de mucha movilización, grandes contingentes de la sociedad cobraron interés en la política y se movilizaron, algunos habían participado en movimientos sociales u organizaciones políticas pero la mayoría no. Como resultado de esta politización masiva, la izquierda que apostó por el proceso electoral ganó en capacidad logística, logró obtener mayores recursos y acceder a grandes contingentes sociales, así como también acceder a la administración de aspectos de la vida pública, amplió su poder de convocatoria. Sin embargo, esos logros estuvieron acompañados también de pérdidas, la principal fue la ideológica.

En boca de uno de los dirigentes de la izquierda de ese entonces, era eso o morir. Y “eso” significó guardar poco a poco la política de clase para optar por un pragmatismo que les permitiera vivir bien a los principales dirigentes, que se volvieron expertos aviadores del presupuesto público. Y no hablemos ni siquiera de los principios políticos, los proyectos y las discusiones pendientes de la izquierda, todo eso se fue olvidando con el transcurso de los años, y el PRD tomó la opción histórica de su propia cooptación.

Se podrá señalar que lo que argumentemos hoy tiene la comodidad de la contemplación a posteriori y que “no resolvía lo inmediato” en aquel momento histórico en que la izquierda mexicana tuvo que tomar decisiones. Eso puede darse por cierto como obviedad, pero ello no agota o invalida ni el juicio histórico ni la lección que debe sacarse de ahí. Porque si no es del juicio histórico de donde debemos aprender de nuestros propios errores ¿entonces de dónde?

Y con la perspectiva del tiempo transcurrido sí podemos decir que lo que ocurrió fue una derrota ideológica de la izquierda, cuya manifestación principal fue la disolución y/o debilitamiento de cientos de sindicatos y organizaciones políticas y sociales (campesinas, obreras, vecinales, de colonos, estudiantiles, etcétera) con trabajo de base y con apoyo popular, debido a que sus dirigentes se empezaron a dedicar con más ahínco a la administración de los puestos de gobierno que alcanzaron.

La consigna que comenzó a prevalecer fue: “tú diriges 2000 familias, o 2000 campesinos, entonces te damos una plurinominal, o una candidatura”. Así, la moneda de cambio que se empezó a utilizar fue ostentarse en la dirigencia de las organizaciones para reinventar el corporativismo priísta “por la izquierda” y cambiar votos por cargos y sueldos. “Mover en una organización” comenzó a darles el derecho de embolsarse 50 mil pesos y así los cañonazos de Obregón alcanzaron a la izquierda, hasta llegar a donde está ahora; así fue como muchos oportunistas se hicieron gobierno. La crisis ideológica que esto debía suponer no fue tal, pues lo importante empezó a ser hacerse gobierno a cualquier costo.

Cierto es que la izquierda dio una importante lucha democrática en el FDN y el PRD, y que esa lucha tuvo que pagar el precio de muchos militantes asesinados. Ese proceso, sus logros y los asesinatos del régimen no deben ser olvidados ni menospreciados. Pero desde luego cabe preguntarse por la inevitabilidad histórica de que la izquierda acabara en la derecha, que es donde está ahora. Y hace falta ajustar cuentas teóricas con ese proceso, así como hacer un balance detenido de la reforma electoral de 1977, por sus implicaciones.

Por lo pronto mencionamos que fue Salinas quien combatió con armas al perredismo y le infligió algo así como 400 muertos, y sucedió que un año después del término de su periodo, el PRD fue a ver al presidente Zedillo para ofrecerle el equivalente del Pacto por México. Quede de tarea, estimable lector, lectora, que busque quien era el presidente del partido en aquel año. Además empezó a suceder lo que no ha dejado de pasar, que el PRD le imponía a sus bases a otros tránsfugas priístas como candidatos, y vaya que hubo respuesta de muchos movimientos que se habían sumado al perredismo, si no nos cree busque en internet las huelgas de militantes para protestar por dichas imposiciones. Al parecer la militancia podía poner los muertos pero no los candidatos, estos se definían con arreglo a la táctica pragmática consistente en conquistar más puestos de gobierno, aunque no necesariamente más poder como podemos atestiguar hoy en día.

Esa izquierda podrá querer justificar por qué acabó donde está, pero no podrá decir que no fue esa la opción que definió.

No se trata, desde luego, de condenar a priori, o por inmoral o algo así, las relaciones con el poder y sus instituciones, se trata de señalar que la pérdida de autonomía política es un peligro real para la izquierda y que los análisis que conduzcan la práctica deben ser cuidadosos y responsables para no acabar en nuestra cooptación política. Sí hay ejemplos en México en que organizaciones de izquierda con estructura, principios, ideología y proyecto político, establecieron alianzas con el PRD como parte de su estrategia, algunas de esas relaciones fueron transitorias pero otras fueron largas. Lograron definir sus objetivos y no sucumbieron al PRD, sino que aún hoy mantienen importantes luchas anticapitalistas, es decir que su estrategia sí fructificó en cosas favorables para la lucha anticapitalista.

Y es que no es lo mismo ser una organización indígena, campesina o de colonos con estructura, que un intelectual o un grupo de 10 o 15 que se mete de apoyo crítico al PRD o a Morena para dirigir o encauzar una coyuntura electoral ¿De dónde sacarían esa lectura que les provoca esa confusión tan ridícula como peligrosa? Sin estructura y sin proyecto sólo les va a quedar la cooptación propia, confunden su deseo con su realidad política.

Y nos importa señalar que así, sin mediar el juicio histórico, los ideólogos (o como se llamen) de la actual izquierda electoral nos señalan como sectarios por no acudir al canto de sirena de su fiesta, por no sumarnos a su candidato y cerrar filas contra la derecha. Para muchos de ellos lo que sucedió en 1988 fue que eligieron mal a la persona, y su juicio histórico se reduce a la confianza de que ahora sí están eligiendo bien. Y ese juicio lo repiten cada vez que han elegido mal, en los estados o en los municipios, y señalan como ridícula la pretensión de organizarse, les suena muy abstracta, pero ¡cómo no va a ser así! si lo que ha hecho la izquierda que defienden es desorganizar. Ahí sí que hay dos proyectos.

La táctica de 1988-1989 resultó en un estrepitoso fracaso histórico, en una costosa derrota ideológica de la cual la izquierda no hemos podido levantarnos. Se provocaron las más disímiles reacciones, como un ejemplo muy notable e importante para el balance es que al parecer una conclusión de la izquierda radical frente a lo que pasó fue que había que alejarse de los movimientos para preservar la ideología y el proyecto y con ello perdimos capacidad de interlocución con la gente, capacidad de movilización e incidencia política. Recuperar eso nos sigue haciendo falta.

Por otro lado, la derrota ideológica que sufrimos influyó en el imaginario de la izquierda y en nuestros balances, no sólo nos quitó muchas posibilidades de incidencia política, sino que acrecentó nuestra inmadurez en muchos sentidos.

Prevalece todavía hoy en día el juicio moralista de la corrupción por el contacto con el poder o con sus instituciones. Este juicio moralino coexiste y se valida con el hecho de que las instituciones electorales y por ende las elecciones, así como las instituciones de impartición de justicia y otras del Estado, tienen una profunda crisis de legitimidad que, desde luego, es importante seguir alimentando. Con esta base se propone como base del análisis el binomio: si participas o usas la coyuntura electoral estás legitimando el sistema político y si te mantienes al margen entonces mantienes tus principios. En nuestra opinión eso no es análisis político.

Desde luego que la participación de la izquierda en los procesos o instituciones electorales les otorga cierta legitimidad y que eso juega en favor de dichas instituciones, pero no pueden olvidarse al menos otros dos elementos de la ecuación. Primero, que la legitimidad que requieren para funcionar es poca debido a los niveles de impunidad en el país, o sea que es lo mismo que decir que no se van a caer solitas como producto de su ilegitimidad, y que pueden hacerse de legitimidad de manera más o menos sencilla, como dejando ganar a la oposición, ya lo hicieron con el PAN y lo pueden hacer esta vez con Morena. Y segundo, que la izquierda es un sujeto político, con una cierta estructura, ideología y balance político, y que “aprovechar la coyuntura” no depende sólo de la naturaleza de ésta, sino del estado que la izquierda guarda, de su nivel de conciencia, de su grado de organización, de lo acertado de su balance político, de su madurez política, por mencionar algunos importantes aspectos.

En este contexto, apoyar propuestas como la del EZLN y el CNI cobra sentido porque son mejores indicadores de la fuerzas de la izquierda real. Fortalecer procesos ideológicamente radicales y no fortalecer procesos con el falso agüero de que podremos montarnos en la coyuntura y de alguna misteriosa forma transformarla.

Asumir la condición de la izquierda no es sucumbir al derrotismo. Tachar a la izquierda de abandonar al pueblo al no participar activamente en las elecciones es una burda simplificación. Las condiciones imperantes han desfavorecido al pueblo y por ende a la izquierda, que no es más que un reflejo de aquello por lo que lucha. La izquierda no tiene porque atender a la coyuntura como si de cuidar un rebaño se tratara. Las críticas actuales son buenas, pero evidentes y extrañamente mal planteadas.

En nuestra opinión es muy importante hacernos las preguntas adecuadas para un balance serio y realista de nuestra crisis, es muy relevante entender a qué se debe, dónde hemos perdido el proyecto para empezar a reconstruirlo, seguirnos organizando es imprescindible para que las conclusiones que nos arroje el balance tengan alguna relevancia práctica. Hay que construir posiciones y estrategias, continuar el trabajo desde abajo o empezarlo, según cada quien, también valorar bien nuestras fuerzas y posibilidades y, ante todo, seguir luchando.

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EL TORITO | por Tejiendo Organización Revolucionaria | [Número especial 4, junio, 2018]