EL TORITO | por TOR | [Número especial, noviembre, 2017]

El 19 de septiembre de 1985 un terremoto de magnitud 8.1 en escala Richter desmoronó a la ciudad de México, dicen los que lo vivieron, para recordar, que la noticia que salió a recorrer el mundo fue que la ciudad había desaparecido; el 19 de septiembre de 2017, un terremoto de magnitud 7.1 sacudió a la ciudad de México, la noticia que recorre el mundo es que la corrupción triunfó y dejó a la ciudad en escombros, los que lo estamos viviendo deberemos recordar.

El terremoto del 85 fue hasta el pasado 19 de septiembre una fecha emblemática, la gente recordaba año con año que la fuerza de la naturaleza podía destruirlo todo, que en minutos la ciudad entera podía desaparecer, lamentablemente pocos, casi nadie, recordaban que la falta de regulación en las construcciones eran los cimientos quebradizos que más ponían en riesgo a la ciudad.

Sabido es que esta ciudad fue construida con materiales harto pesados sobre un suelo harto blando, para nadie es un secreto nuestro pasado chinampero, la anécdota del Palacio de Minería siendo reasentado sobre una enorme placa de metal para que se hundiera uniformemente tiene su fama, el desfase de los campanarios de la Catedral también fue noticia, y así podríamos seguir rememorando ejemplos que señalan la cualidad del suelo en la Ciudad: siete son las delegaciones edificadas sobre suelo blando [1], por demás propenso al desastre natural, si observamos los mapeos de suelo es fácil entender el riesgo sobre el que se ha edificado.

A ese suelo poco firme hay que sumarle el riesgo que nos fijan las placas tectónicas, otro dato que los mexicanos tenemos bien claro: la frontera entre la placa de Cocos y la norteamericana está debajo de Michoacán, Guerrero, Oaxaca y Chiapas. Al sur de Chiapas y en Centroamérica, Cocos continua, pero en vez de subducir bajo la norteamericana lo hace bajo la placa del Caribe.

También es del conocimiento público que la arquitectura tiene diversas técnicas de construcción que permiten adecuar las construcciones al suelo sobre el que se edificarán, hay zonas mucho más propensas a terremotos, a movimientos telúricos constantes y siguen en pie, con construcciones mucho más resistentes.

Si ésta es información pública ¿por qué en el terremoto del 85 la destrucción fue devastadora? No fue falta de información, ni falta de conocimientos técnicos. Fue, y así se reconoció, falta de rigurosidad hacia las constructoras.

En aquél terremoto del 85 se admitió, a regañadientes, que el desastre más que natural fue gubernamental y se lavaron las manos en agua depurativa, 60% de los funcionarios relacionados con el ámbito de la construcción fueron removidos y las normas arquitectónicas se modificaron, ampliaron y especializaron para que el desastre no volviera a suceder; el uso de concreto reforzado con acero, la distribución de cargas y las vías de escape que deben tener las edificaciones, son la base de estos cambios, aunque sólo se haya quedado el cambio en el papel.

Y así vivimos durante 32 años, con la ilusión de la seguridad arquitectónica, con el prestigio de la Torre Mayor y la Torre Reforma, y las reestructuraciones de edificios como la catedral, que dicen estar ya remodelados conforme a estas normas. Una ciudad que se reconstruyó bajo las nuevas y mejoradas normas arquitectónicas, una ciudad que no volvería a caer en desgracia, una ciudad ilusionada con el bienestar y la seguridad de la vivienda.

Ilusión y no más, eso fue lo que hubo en los cimientos de la ciudad reconstruida, y así como un niño descubre a sus padres poniendo los regalos de Día de Reyes bajo el árbol, los habitantes de la recién CDMX se descubrieron viviendo en nuevos y derrumbados departamentos de lujo.

Sí, de lujo, sí, en la CDMX, no en el DF, no en viviendas de interés social.

CDMX, la ciudad de la esperanza, la esperanza de no caer en un socavón al salir a dar un paseo, o la esperanza de que se corrija el desabasto de agua, o la esperanza de que el caos vial se revierta con la nueva ruta del metrobús, o de que se acabe de construir la nueva ruta de metrobús, o de que el metrobús quepa en su estación. Esperanza...

Y aunque no lo parezca todas nuestras esperanzas están puestas en un mismo nicho: la corrupción.

Esa corrupción de la que todos nos quejamos diez veces al día: sí, esos políticos que deberían tener un salario que no nos insulte, esos impuestos exagerados, ese aumento en el precio de los medicamentos, ese salario mínimo miserable. Esa corrupción que todos vemos, sentimos y repudiamos tanto que lo hemos llevado a la banalidad, quejas y quejas que se quedan ahí, en las palabras etéreas y en la indiferencia eterna.

Y ese es el ambiente perfecto para que la corrupción siga desbocada edificando la ciudad de México

Tras el 19 de septiembre de 2017 organizaciones como Obra Chueca o Suma Urbana han cobrado un tantito de fama, sus integrantes decidieron trabajar en la orientación y acompañamiento para las personas que, como ellos al principio de su camino, se ven abrumados ante las múltiples aristas que presentan los problemas de construcción y vivienda. Y es que el hecho de la edificación es un asunto multidisciplinario, habría que tomar en cuenta el suelo, los materiales, los permisos de construcción, pero también los gastos en mano de obra, la seguridad de los trabajadores, y por supuesto la situación social de la zona, y las expectativas de los posibles habitantes y sus alcances económicos.

Para poder construir exitosamente se deben tener claros múltiples factores, la construcción es una tarea multifactorial, y eso lo saben bien los servidores públicos, y con base en ello se han dado a la tarea de detallar una normativa de construcción que poco a poco ha alcanzado la magnitud de aproximadamente 600 páginas, en las cuales no sólo se dictamina cómo debe edificarse sino también cómo debe venderse lo edificado y hasta cómo deben presentarse las inconformidades correspondientes. Ahí mismo nos explican a qué dependencia acudir según la queja, pues ya que se trata de un asunto multifactorial hay que tener múltiples dependencias para resolverlo. Y ese es el arduo trabajo que pocos hacen, algo anda mal con tu vivienda, intentas denunciarlo y resulta que tu denuncia tiene tantos factores que la lista de dependencias a visitar y trámites que hacer es grande y complicada, pocos la entienden y aún menos son los que le pueden dar seguimiento, así que la queja se queda en tus planes a futuro o como caída del cielo encuentras ayuda e inicias un largo recorrido contra la corrupción.

Lo interesante es que aún cuando esa es la realidad administrativa el conteo de quejas es bastante alto, aproximadamente doce mil quejas se han presentado [2]; ahora imaginemos la tremenda cantidad de denuncias que habría si las normas lo favorecieran, gran parte de la ciudad estaría en reconstrucción, muchas constructoras estarían indemnizado a sus agraviados, y la vivienda sería construida para dar un techo que brinde seguridad, no para llenar bolsillos a costa de vidas. Y para terminar la burla, los funcionarios salen a decir que una buena tajada de la culpa la tiene la ciudadanía pues no presenta las denuncias correspondientes, que no colaboran con las dependencias, que prefieren dar mordidas, que son unos corruptos.

Y van aún más allá, y salen a la defensa de las constructoras con la misma moneda, “la normativa es tan extensa que no es posible que la cumplan a cabalidad”, dicen, “no es que haya malas intenciones, o que sólo les importe generar ganancias multimillonarias, sino que es absurdo cumplir con tan barroca normativa”.

Y así el mismo sistema burocrático toma de escudo sus 600 páginas de reglamento para defender a la clase privilegiada, la burguesía malsana, para destruir cualquier intento de defensa de los desposeídos y para no responsabilizarse del que dicen ser su fin mayor: establecer la igualdad de derechos, obligaciones y oportunidades entre los ciudadanos.

Para ejemplificar está la falta de alerta sísmica, a pesar de saberse el riesgo en que se vive en zonas como Guerrero o Oaxaca, la alerta sísmica está condicionada al pago de la luz, en el terremoto del 7 septiembre muchas familias no tuvieron oportunidad de ponerse a resguardo pues no hubo alerta que les previniera, sólo por no pagar un recibo de luz, así que nuestra seguridad, nuestras vidas, están siendo puestas a la venta, para vivir tenemos que estar abonando cada tanto, sangrar nuestros bolsillos, pues al Estado no le importan nuestras vidas sino las ganancias que puede generar de ellas.

En la CDMX las alarmas sísmicas sonaron, pero los edificios cayeron pues fueron construidos donde no debían y de manera deficiente, o porque después de 32 años aún no recibían la reestructuración necesaria. Y en esos casos también fue el Estado, pues sus 600 páginas las han ido escribiendo con la finalidad de enriquecer a unos pocos burgueses a costa de la vida de los muchos proletarios que habitamos este país saqueado, eso sí, todas se han hecho bajo la consigna de apoyar la construcción de viviendas dignas para el pueblo.

Y como muestra de ello sólo basta recordar a Andrés Manuel López Obrador quien hace 17 años inició su gobierno en el DF con una modificación en la normativa que impidió que la construcción en las zonas periféricas de la ciudad siguiera creciendo, lo hizo con el lema de cuidar los mantos acuíferos, pero el fin fue obligar a la clase trabajadora, de bajos recursos, a salir de la ciudad pues los costos de vivienda en el centro, que de por sí eran altos, aumentaron aún más, lo cual dio buenas ganancias, así que siguieron con el plan y la normativa se modificó para que se pudiera construir más en las zonas céntricas, esa racha de fortuna en la que la vivienda digna y en zonas seguras sería construida para darle cabida a quienes día a día viajan un par de horas para llegar a sus hogares después de su jornada laboral nunca llegó y sólo alcanzó para que Carlos Slim jugara al monopoli y construyera plazas comerciales para que en el cuarto de hora que dan para comer, a media jornada, al menos vayamos a darnos un quemón con lo que ellos sí se pueden comprar.

Con Ebrard nació la norma 26 y con ella fue que se construyeron algunas viviendas, pero no fueron con mucho interés social porque los precios son altos como el cielo, igual que los edificios que las albergan pues hasta 67 pisos son los que se pueden apilar, en una ciudad con estas características sísmicas no parece muy prudente la idea, pero si deja ganancias la prudencia saldrá hasta de debajo de las piedras, y así la supuesta vivienda social para la que se realizó la norma 26 empezó a ofrecerse a los compradores con precios de viviendas de lujo, y las tres mil y cacho de quejas por este tipo de violaciones a tal norma se quedaron guardadas. Lo que no se dejó para más tarde fue otro pequeño cambio a las reglas, ese que modificó al artículo 41 para que el cambio de uso de suelo fuera tan simple como cambiar de opinión, con ello fácilmente se pudo utilizar lo ya construido para albergar cientos de locales comerciales y el boom de las plazas vino a nosotros. Departamentos a precio de lujosas viviendas y plazas comerciales, no suena más que un aumento de ganancias para esos que empezaron a enriquecerse al comprar la ciudad en el mandato anterior.

Hoy por hoy estamos sobreviviendo al mandato de Miguel Ángel Mancera, en donde los fideicomisos están siendo promovidos, pues son el empujoncito que les faltaba a los afortunados dueños de constructoras y no a nadie más, ya que son ellos y no los ciudadanos en general quienes estarán recibiéndolos para incrementar sus fortunas. También en este mandato fue que pudimos observar a pared pelada, literalmente, la falta de compromiso que hay en el Estado para con sus ciudadanos, pues las edificaciones de supuesta vivienda popular para las que se han esforzado al menos tres mandatos seguidos quedaron cuarteadas, desplomadas o demolidas tras el sismo, dejando ver sus materiales de mala calidad, su mala arquitectura, su pésima ubicación, su falta de permisos, la carencia de ética de un Estado al que sólo le importa brindar cobijo a una clase social que parece venerar la muerte de aquellos a los que oprime.

Otro cabo que este gobierno no dejó suelto fue el atlas de riesgos, documento que se empezó a trabajar desde hace varios años pero que apenas salió a la luz tras la presión ejercida por las placas tectónicas este 19S, un atlas en el que como por arte de magia coinciden perfectamente las zonas de riesgo establecidas con las zonas de mayor desastre, información relevante que se ocultó e ignoró a la hora de dar permisos de construcción, el riesgo que se corría era bien sabido, fue advertido, y no fue atendido, el desastre no fue por la fuerza de la naturaleza, fue por la fuerza que ejerce la burguesía sobre el Estado.

Podríamos seguir enumerando quejas, malas construcciones, normativas, mapeos, y miles de ejemplos más, que podrían ser cavilaciones sugeridas por el 19S o por el huracán ----el último--- o por cualquier motivo, y detrás siempre encontraríamos lo mismo: un Estado que no es más que un medio para fines burgueses; El Estado burgués no es el garante de la seguridad de los ciudadanos, de sus derechos, un juez más allá de la lucha de clases que está ahí para mediar entre los intereses de los particulares; todo eso es el cuento chino que nos han vendido. Hay que entender que el Estado es una herramienta y como tal es usado según el interés de quien la posee, y quien lo posee hoy no es el pueblo sino unos cuantos millonarios que sólo ven al pueblo como un montón de gentuza con la cual enriquecerse, explotándole y matándole. El Estado debe servirnos, el Estado debe ser nuestro, nuestra herramienta, no la suya.

Notas:
[1]. Datos recabados por Crónica en entrevista con Fausto Lugo, secretario de Protección Civil. http://www.cronica.com.mx/notas/2017/1043051.html
[2]. INVEA recibió 2847 quejas, PAOT 3286 y Comisión de Vivienda 6272, según datos utilizados por Alejandra Padilla y Daniela Barragán en http://www.sinembargo.mx/19-11-2016/3116733

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