EL TORITO | por TOR | [Número especial, noviembre, 2017]

Desde hace varias décadas se hace evidente la falta de interés del Estado por resolver los problemas de la gente y la crisis de legitimidad por las que éste pasa, mismo que se mostró en los pasados sismos del 7 y 19 de septiembre de 2017. En estas ocasiones, como en muchas otras, el actuar de la sociedad dejó en claro que puede tomar en sus manos diversas formas organizativas para resolver los problemas sobre los que el Estado deliberadamente decide no actuar.

Abordar el tema de la acción colectiva y su actuación durante los pasados sismos nos permite visualizar en primer lugar la desconfianza que como sociedad tenemos sobre la forma en la que el Estado resguarda los intereses del pueblo; en segundo lugar, las diversas estrategias que éste utilizó para desgastar las fuerzas colectivas mediante la administración del pánico y, en tercer lugar, cómo se ha pretendido sacar de foco y minimizar la organización civil que se gestó y se sigue gestando a partir del terremoto.

Creemos que reflexionar, compartir y confrontar nuestras ideas son posiblemente lo que nos permite ir construyendo aprendizaje y en esa medida prepararnos ante otra eventualidad como la del pasado 19S, por ello les proponemos acompañarnos a pensar, bajo los elementos anteriores, nuestro actuar colectivo e imaginar maneras de prepararnos ante todo lo que está por venir.

Los primeros momentos del sismo: el actuar colectivo y la desconfianza en el Estado

Las vivencias que tuvimos durante los sismos pasados, en la Ciudad de México y en los estados de la república, muestran la profunda solidaridad y capacidad que los habitantes del país tenemos para acercarnos unos a otros, apoyarnos y resolver problemas; al mismo tiempo muestran que compartimos más cosas que la mera voluntad de ayudar: compartimos una indignación ante las formas en cómo se nos trata; desconfiamos de la capacidades del Estado, de su decisión de salvar vidas, así como de su efectividad; nos resistimos a la muerte y compartimos sobre todo un sentimiento de desconfianza e impotencia que nos llevó en los días pasados a volcarnos a las calles para ayudar.

La gran desconfianza que la población tiene sobre el gobierno se ha dejado ver en los momentos más vulnerables de la población, así, ante los desastres generados por los sismos decidimos involucrarnos y resolver las emergencias con nuestra propias manos; acudimos a varios puntos de ayuda a ofrecer trabajo, a organizar los acopios, a rescatar vidas, a vigilar al Estado y sus milicias, a observar con nuestros propios ojos y a garantizar con nuestro esfuerzo que se hiciera algo.

Ahora bien, tomar en nuestras manos las acciones y tener un ojo vigilante y exigente es producto del gran recelo que tenemos hacia el Estado y sus instituciones [1], pues conocemos bien la nula preocupación que tiene por el pueblo; ejemplos sobran y bastan para saber que la justicia y la ayuda que se ofrece desde la administración estatal depende de la cantidad de pesos que traigas en la bolsa, de que conozcas a alguien dentro de las instituciones, de que seas alguien de renombre; si no, está demostrado que una vida se suma sin reparo a la lista de más de 30 mil muertos en lo que va del año, se almacena como archivos en las instituciones que resguardan a la ciudadanía, se pasa al limbo de las víctimas de la corrupción estatal. Por eso, salimos a ayudar y exigir que se hiciera algo.

Por lo anterior, desde los primeros momentos después del sismo pudimos ver a gente acudiendo a los sitios de desastre a ayudar, organizando acopios y su distribución, donando, reportando los sucesos y recabando información para ofrecer ayuda eficiente, tratando de averiguar cuántas vidas quedaban por salvar en cada punto, asistiendo médica y anímicamente a los damnificados, etc. Así, en un inicio se resolvió lo inmediato, ahí estuvo la gente, presionando y exigiendo al Ejército y la Marina que no se detuviera la búsqueda de vidas, que no se metiera maquinaria, que no obstruyeran las labores.

En esos primeros momentos, como sociedad entrenamos algunas formas de organización que de inmediato sumaran a un objetivo común: el rescate de víctimas. En ese sentido, en las horas posteriores al sismo, aunque experimentamos una ciudad colapsada tanto por el temor como por la ayuda, vimos a miles de personas en la calle participando en pequeños grupos de amigos y familiares, de trabajo, de vecinos, de padres de familia, de estudiantes, de compañeros de trabajo; grupos formados por cualquiera que quisiera ayudar sin importar si eran conocidos o no.

A pesar de todo el esfuerzo común, fue notorio que las autoridades se enfocaron en no promover colectividades, de modo que se esforzaron en llamar a la solidaridad individual; todo ello se notó en el hecho de que el gobierno, aún sabiendo que existen diferentes gremios en el país, no llamó ni a los electricistas, carpinteros, obreros de la construcción, entre otros. Sin embargo, ahí donde algunas colectividades se hicieron presentes, la lógica del trabajo fue diferente, porque esas colectividades se constituyeron como sujetos para reclamar claridad en la información, explicaciones sobre la entrada de maquinaria, impugnar la opacidad, entre otras cosas, y ello es algo que a los individuos se les dificulta y que sólo se expresa organizativamente. Ejemplo de esto fueron, las compañeras feministas que estuvieron presentes en la fábrica textilera colapsada en la calle de Chimalpopoca; ahí ellas, en múltiples ocasiones, exigieron, vigilaron e implementaron mecanismos para contrapesar las acciones de las instituciones gubernamentales. Otro ejemplo fue el de la colectividad formada al calor de la indignación por los familiares de los atrapados en el edificio de Álvaro Obregón 286, quienes pusieron de acuerdo su coraje y su tristeza para demandar un derecho tan elemental como el de ser informados sobre los progresos de los trabajos y de los nuevos cuerpos rescatados.

Aquí cabría preguntar ¿por qué las autoridades se esmeraron tanto en no convocar a la organización de la gente? ¿por qué se empeñaron en bloquearla? Pensamos que esto se debe a un aprendizaje histórico pues sabemos que una de las lecciones que los poderosos aprendieron, de lo ocurrido en los días siguientes al sismo de 1985, es que las estructuras organizativas, por pequeñas que sean, pueden oponerse y resistir a la entrada precipitada de la maquinaria, a que se suspendan las búsquedas, a que se actué contra el bien común. En suma, las colectividades pueden defenderse ante los atropellos de aquellos que desprecian la vida, a los que sólo les importa cobrar los seguros y que las calles vuelvan a lucir limpias para que olvidemos otra vez.

Pese a las múltiples maneras de organización que la gente pudo encontrar, pudimos ver a un Estado que entorpeció las labores de la sociedad y que no ocupó los recursos con los que cuenta para salir pronto del desastre y evitar una tragedia; vimos una administración estatal que no movilizó de inmediato a todos sus especialistas y recursos para garantizar la ayuda contundente, de manera que, algunos ciudadanos se vieron en la necesidad de tomar la iniciativa de participación para cubrir esos huecos que se dejaron deliberadamente libres. En este sentido, es notoria la omisión del Estado pues éste no asumió su responsabilidad en las labores de auxilio y de rescate, dejando en manos de la sociedad civil, solidaria e ingeniosa pero inexperta, las tareas que le correspondían.

Sobre lo anterior, es necesario considerar que en ese primer momento la sociedad civil peleó por un objetivo común, pero vale preguntarnos ¿qué pasó después? ¿cómo nos organizamos? ¿seguimos en contacto con aquellos desconocidos que fueron nuestros compañeros en el sismo? Valdría la pena reflexionar al respecto.

Los días posteriores al sismo: empezamos a organizarnos

Aún con los estragos del sismo en la mente, los ciudadanos regresamos a los tiempos y ritmos de siempre, de manera que se llegó a eso que los poderosos llaman “la normalidad”. Su normalidad, en la cual la lista de muertos aumenta día a día, en la que la fuerza se emplea irracionalmente y en la que la lógica de la acumulación del capital se impone por encima de la vida.

Muchas personas y agrupaciones se opusieron y resisten a regresar a esa “normalidad”, por ello, se observó que días y semanas después del sismo del 19s la ayuda siguió fluyendo con una estructura diferente, más organizada, más focalizada y con la participación de aquellos cuyas condiciones de vida les permitieron seguir apoyando a los damnificados. En este sentido, habrá que aclarar que muchas personas no pudieron seguir ayudando no porque no tuvieran voluntad sino porque las condiciones precarias en las que se vivimos suelen obligarnos a procurar nuestros medios de subsistencia.

Aquellos que pudieron permanecer activos en lo referente al sismo formaron grupos que ofrecieron seguimiento mediante formas focalizadas y creativas de organización, así, vimos a compañeros que buscaban optimizar la información mediante plataformas como #verificado19s, esfuerzo que sumó a grupos de ciudadanos con fines diversos (desde defensores de los derechos humanos hasta grupos académicos dedicados al marketing y la programación) que convergieron en la necesidad de mantenernos actualizados mediante informaciones más fidedignas y por tanto útiles.

Así mismo, se fueron formando grupos vecinales de afectados que establecieron guardias para cuidar sus propiedades, esperar los dictámenes de Protección Civil e ir sacando poco a poco las pertenencias que podían ser rescatadas.

La emergencia de asambleas de vecinos afectados por el sismo, tales como las de Tlalpan, Benito Juárez, Iztapalapa, etc., plantearon la necesidad de presionar y hacer frente al gobierno para que se responsabilice a los culpables de varias de las afectaciones del 19s. Algunas de estas expresiones no sólo demandan la restitución de viviendas, sino que analizan situaciones como la distribución de agua, el daño del subsuelo y la problemática de diversos servicios en las zonas en las que se habita. No obstante, son los damnificados quienes se han visto en la necesidad de reforzar la organización, aunque el desgaste al que han sido sometidos poco a poco también va haciendo mella en ésta.

Precisamente esfuerzos como los anteriores son los que el Estado trata de disgregar mediante la distribución de apoyos y créditos individualizados para la reconstrucción de la vivienda, cuyas autorizaciones se concentraron en algunas delegaciones como la Benito Juárez [2]. Así, los vecinos de Iztapalapa, que buscaban cualquier apoyo para restituir su patrimonio tuvieron que desplazarse a otras delegaciones para recibirlo, de modo que se trata de ir disgregando una organización sacando a la gente de su punto natural de encuentro comunitario, provocando así, deliberada y calculadamente, un desgaste de fuerza de los núcleos vecinales organizados. Todo lo anterior, para evitar que se repita parte de la historia del 85, cuando mucha gente se organizó y obligó al Estado a atender a las demandas y necesidades colectivas.

Ahora bien, hemos de admitir que poco a poco la cantidad de ayuda ha ido disminuyendo, de manera que conforme se fue dando fin al rescate de vidas se fue acabando la ayuda ciudadana. Agotados y desgastados seguimos apoyando pero ya no de manera tan arrojada y fuerte como en un principio.

La estrategia del Estado de llamarnos en lo individual a ayudar y la de bloquear nuestra organización les ha funcionado: nuestro ánimo desbocado del primer momento lo saciamos con participar de manera individual en los equipos de trabajo en los puntos afectados, después se fueron alejando tanto las manos como el ojo vigilante y, poco a poco, se ha dejado en las manos del Estado la resolución de los pendientes. Está por demás señalar que la tragedia no ha sido desaprovechada por los que tienen el poder, de manera que, las opciones que ésta ofrece no tienen desperdicio para ellos.

Ya ha pasado el tiempo...

Vistos a la distancia, los sismos de los pasados 7 y 19 de septiembre nos permiten observar el estado actual del país, de su gobierno, de las condiciones de preparación social ante un desastre natural y de nuestras posibilidades de organización colectiva. Como se ha demostrado, en conjunto resolvemos y hacemos más que el Estado mismo, y como conjunto también tenemos mucho más que aprender.

La etapa actual, la llamada de reconstrucción, nos deja ver también cómo se vuelven a ejercer las mismas dinámicas de siempre, en las cuales se atiende de manera desigual a quienes necesitan ayuda, en las que se militarizan comunidades bajo falsas excusas, en las que el desvío de recursos se da a manos llenas y en las que se vuelven a probar las tácticas para disipar la organización social, que ellos aprendieron bien en el sismo del 85.

El momento de la reconstrucción ha quedado en manos del Estado y su discurso ha reforzado que tiene tal control de la situación de manera que no es necesaria ni la intervención de la gente ni la supervisión de la misma. Con esto, se pretende que dejemos de tomar la agencia que como colectividad tomamos y ejercitamos ante el sismo. Así, se intenta que pasemos por alto los estragos de un acontecimiento de una importante magnitud social; nos intentan distraer para que la presión que como sociedad podemos ejercer quede fuera y no haya contrapeso a las acciones arbitrarias que ejercen el gobierno y los empresarios.

Las marchas de damnificados han puesto de manifiesto, por una parte, los importantes niveles de organización a los que como sociedad hemos llegado, y por otra, la manera selectiva en que se ha ejercido la ayuda y administrado la tragedia. En este sentido, sabemos que hay zonas en las que se ha concentrado la demolición, remoción de escombros y reconstrucción, mientras que en otras, las más marginadas y alejadas, todos estos procedimientos se administran con lentitud. Esta situación deja entrever una realidad que no sólo atañe a las formas de administrar el desastre social, sino que responde a una dinámica generalizada en el país: las grandes brechas que existen entre los que tienen y los que no.

Es pues en este momento en el que debemos seguir actuando de manera audaz, para denunciar y exigir que se ofrezca una vida digna tanto para aquellos afectados por el sismo, como para todos nosotros. Es un buen momento para asediar y problematizar esa brecha; para intercambiar con nuestros vecinos, a los que posiblemente descubrimos a partir del sismo, las problemáticas y las injusticias que vivimos día a día; y para organizarnos y actuar en consecuencia.

Sirva pues la tragedia no sólo para demostrar nuestras fortalezas como sociedad, sino también para observar atentos nuestra realidad, identificar los problemas y aprovechar los huecos que con ellos se abren para apuntalar las soluciones. Es por esto que no podemos dar pasos atrás ni alejarnos del problema, sino que tendremos que observar atentos los aciertos y equívocos para aprender de ellos; tenemos que discutir colectivamente y fortalecer nuestra organización para estar preparados ante cualquier desastre social y sobre todo, para hacer frente al incansable oportunismo del Estado.

Notas:
[1]. En 2016 se señala, en algunas encuestas, que por séptimo año consecutivo el promedio de confianza en las instituciones estaba a la baja; en una escala del 1 al 10 casi todas las instituciones estaban por debajo del 6% de credibilidad. Aunque el Ejército en estadísticas parece mantener una confianza alta (6.8) al observar las zonas se puede notar que el nivel de confianza es mayor en el Norte, en el centro éste se ubica por debajo del 6.http://www.consulta.mx/index.php/estudios-e-investigaciones/mexico-opina/item/884-mexico-confianza-en-instituciones-2016
[2]. Los trámites referentes a los desastres causados por el sismo se realizaron a partir del 14 de octubre sólo en dos delegaciones, en la Benito Juárez y en Tláhuac.

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